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¿Por qué es difícil vencer al COVID-19 en el Perú?

“Esta pandemia nos está diciendo qué cosas deben cambiar en el Perú hacia el futuro, pero también nos dice los pocos ajustes que se pueden hacer en el corto plazo”.

Por: Efraín Gonzales de Olarte (*)

En el Perú estamos empeñados en una tarea casi imposible: derrotar socialmente al coronavirus. Pese a los grandes esfuerzos del gobierno por “aplanar” la curva de contagios y de muertes, hay algunos factores que son difíciles de vencer en una cuarentena tan prolongada: la pobreza, la informalidad, la debilidad operativa del estado, el déficit de infraestructura, la moral y la cultura criolla.

Los pobres están frente a la alternativa de contagiarse o no comer, obviamente escogen la primera opción.

El ser informal es el resultado de una economía incapaz de asalariar legalmente a los trabajadores, por falta de capital, y de la incapacidad del estado de incorporarlos en sus registros tributarios, sociales y de servicios, en consecuencia, están fuera del “sistema formal” o sea fuera de la economía de mayor productividad, fuera del sistema bancario y del sistema de seguridad social. En consecuencia, es difícil apoyarlos.

Gracias a la hiperinflación de los años ochenta del siglo pasado y las subsecuentes reformas neoliberales, el estado peruano se achicó y se hizo ineficaz, su tamaño es incompatible con las desigualdades sociales y la pobreza. Su calidad no fue mejorada por reformas de segunda generación por desidia de los gobernantes, por una ideología hiper-mercadista y por la corrupción desarrollada desde los años noventa. Hoy tenemos un estado con una macroeconomía del siglo XXI, pero con una infraestructura y una gestión pública del siglo XIX, además la privatización de los servicios sociales han sido funcional a los sectores de mayores ingresos. Por todas estas razones, si al COVID-19 no se lo controlaba en tres semanas iba a ser muy difícil controlarlo después, hoy se hace cuesta arriba.

Pero eso no es todo, pues todo el proceso socio-económico y político de los últimos cuarenta años −iniciados a fines de los años ochenta− ha impregnado en la ética de los peruanos comportamientos inmorales y amorales, que hoy se reflejan en policías que obtienen ingresos de los presupuestos para la compra de máscaras o de ventiladores, alcaldes que se roban la plata de las canastas de alimentos para los pobres, tipos que venden certificados falsos de no estar contaminado por el COVID-19 para poder entrar en los mercados, y ene comportamientos similares que denotan que los códigos morales de una sociedad civilizada no se han logrado construir durante estos años. Esto se sintetiza en la frase: “todo vale” para uno, es decir el interés privado − símbolo del neoliberalismo− ha sido pervertido al extremo de solo pensar en uno y no también en los demás.

Finalmente, la “cultura criolla” −cultura entendida como los modos y maneras de comportarse socialmente− que se manifiesta en “Pepe el vivo”, “roba pero hace obra”, “la cola la hacen los idiotas”, “esta es la oportunidad, después no hay otra”, “los cojudos se joden”, etc. Obviamente, esta cultura dimana de la desigualdad de oportunidades, del sentimiento de exclusión, de la lucha por el bien limitado, es, hasta cierto punto, el resultado de cómo la sociedad y la economía han incorporado a sus habitantes en los últimos cuarenta años, pero también es el fruto de profundos problemas psicológicos de un país mestizo, de migrantes del campo a la ciudad, del racismo y de la herencia colonial. Esta compleja cultura se manifiesta cuando el presidente le pide a la gente que mantenga las distancias para no contagiarse y la gente se apelotona para vender o comprar.

Me pregunto si vamos a reducir los contagios antes de tener una vacuna o medicamentos para combatir el mal. Tengo mis dudas.

Sin embargo, esta pandemia nos está diciendo qué cosas deben cambiar en el Perú hacia el futuro, pero también nos dice los pocos ajustes que se pueden hacer en el corto plazo. Hoy probablemente hay que apelar a una combinación de fuerza disciplinante en los sitios de congestión, con una flexibilización de algunas normas burocráticas que retardan la lucha, con un esfuerzo de unificar los apoyos económicos a la población y con una invocación ideológica a la manera del futbol “sí se puede” derrotar al COVID-19, tanto como nos clasificamos al mundial del 2018. En el largo plazo, la agenda está definida.

(*) Exrector de la PUCP