
*Por Macarena Moscoso Barrio y Jorge Aragón Trelles, investigadores del Instituto de Estudios Peruanos
Tienen 16, 17 o 18 años y en abril de 2026 votarán por primera vez o lo harán muy pronto. Sin embargo, se trata de nuevos o futuros electores que, a su corta edad, han sido testigos de tantas crisis políticas como muchos adultos a lo largo de toda su vida electoral. Este es uno de los puntos de partida del estudio Elecciones 2026: Entre nuevos y futuros electores del Instituto de Estudios Peruanos. Con casi 400 encuestas y ocho grupos focales con estudiantes de quinto de secundaria de escuelas públicas en Ayacucho, Lima Metropolitana, Piura, Ica y Arequipa, el objetivo fue conocer mejor a la nueva y más reciente generación de electores en nuestro país.
Y es que el proceso de socialización política de estos jóvenes ha sido excepcional en varios sentidos. Cuando estaban en quinto de primaria, el presidente Vizcarra disolvió el Congreso. En sexto de primaria, llegó la pandemia y, con ella, una educación a distancia improvisada, la vacancia de Vizcarra y las protestas que derrocaron a Merino en apenas una semana. En primero de secundaria, Pedro Castillo ganó las elecciones en medio de acusaciones de fraude que nunca se probaron, pero que envenenaron el ambiente político por meses. En segundo de secundaria, vivieron el fallido autogolpe de Castillo, la presidencia de Boluarte y las protestas en las que las fuerzas del orden mataron a cincuenta personas. Y, antes de terminar el colegio, fueron testigos de un nuevo episodio de inestabilidad presidencial. Esta es, sin duda, una parte fundamental de la “educación cívica” que recibieron fuera de las aulas.
Los resultados son previsibles, pero no por eso menos preocupantes: nueve de cada diez de estos jóvenes creen que el país está estancado o retrocediendo. Casi la totalidad —el 91%— considera que los políticos solo se preocupan por sus propios intereses. Además, cuatro de cada cinco están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia.
Muy probablemente debido a todo esto, el 80% de estos jóvenes dice que se iría a vivir a otro país si tuviera la oportunidad. No es una estadística que deba leerse como traición o derrota. Por el contrario, es la consecuencia directa de haberles enseñado que el Estado no los protege, que las instituciones no funcionan, que las autoridades mienten, que los políticos se reciclan y que la seguridad es un privilegio. “Hay más oportunidades afuera que acá... mejor economía y también la tranquilidad de uno mismo”, dice un estudiante de Piura. Quieren irse porque aprendieron, con evidencia, que quedarse es demasiado costoso e incierto.
Este estudio también muestra que dos de cada tres nuevos electores encuestados confían poco o nada en que los votos se cuenten de manera correcta cada vez que hay elecciones en nuestro país. Tres de cada cinco tienen poca o ninguna confianza en que se respete la voluntad de la mayoría. “Yo tengo un presentimiento en el cual la ONPE puede que cuente nuestro voto o no”, dice un estudiante de Arequipa. “Siempre sucede un apagón en pleno conteo”, suma otro desde Piura. La desconfianza no es hacia un partido o candidato en particular: es hacia el mecanismo mismo del sufragio. Adicionalmente, uno de cada cuatro nuevos electores declara que piensa votar en blanco o viciado, y uno de cada cinco dice que votará por el candidato menos malo. Las percepciones y actitudes de los nuevos y futuros votantes no son muy distintas de las de los votantes más veteranos.
El estudio también revela algo que debería llamar la atención: estos jóvenes no confían en la televisión. “Los noticieros pueden comprarse, omiten partes a su conveniencia”, dice una estudiante limeña. “Las noticias que pasan en la tele no son tan ciertas, los entrevistadores son comprados”, añade otra en Ayacucho. Frente a eso, el 49% buscará información sobre candidatos y propuestas en redes sociales, y el 53% usa TikTok como su plataforma principal. Llegarán a su primera elección con escasos espacios de conversación política, sin conversar de política con sus familias ni con sus amigos, filtrados únicamente por el algoritmo. Esa soledad informativa es uno de los riesgos más serios que enfrenta esta elección: una generación que forma sus opiniones en burbujas digitales, sin los anclajes que antes ofrecían la familia o el barrio.
Sin embargo, en medio de todo eso, estos jóvenes también son capaces de enviar un mensaje a los candidatos en las elecciones nacionales de 2026. No lo hicieron con cinismo; lo hicieron con una precisión que avergüenza a la clase política. Cinco demandas destacan: (1) que cumplan lo que prometen, (2) que escuchen al pueblo, (3) que sean honestos y transparentes, (4) que trabajen por la seguridad ciudadana y (5) que no busquen su beneficio personal.
Lo que el estudio del IEP muestra con claridad es que esta generación no está políticamente desenganchada por desinterés, apatía o ingenuidad. Se siente desconectada de la política porque le enseñaron, con hechos, a desconfiar. Su llegada a las urnas en 2026 no es, entonces, un mero problema de comunicación para convencer a los nuevos y futuros electores; es más bien un desafío para recuperar a una generación que se incorpora a la vida democrática después de haber conocido una de sus peores versiones.





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