El término “liberal” es –como muchos otros– uno que ha sido conceptualmente nutrido con las más eclécticas combinaciones de ideas a través de los siglos. Además de los vaivenes políticos que el mundo ha experimentado desde que el término se acuñara, el contexto de cada país tiende límites distintos. A pesar de lo anterior, creo que uno de los retos que, quienes nos consideramos liberales, debemos enfrentar es la reconquista del derecho a ocupar el término. El profesor Hayek, pensador esencial de la escuela austriaca de Economía, solía definir a la libertad como la ausencia de coacción. Si construimos desde allí, encontraremos que muchas de las categorías que hoy se le endilgan al liberalismo se alejan, en realidad, de la defensa de la libertad de los individuos para tomar decisiones sobre sus vidas en lo económico y en lo social. La percepción –merecida– generada por muchos falsos liberales ha hecho daño. La idea estúpida de que las comunidades campesinas deben preferir a la minería que a cualquier otra actividad no es liberal. Obligar a los contribuyentes a ahorrar en AFPs no es liberal. Asumir que el Estado puede determinar qué es la “moral pública” no es liberal. Permitir que el Estado determine qué sustancias ingerimos no es liberal. El liberalismo debe retomar el centro de la defensa de la paz, de la propiedad privada y de la libertad de elegir de todos. La batalla por encontrar un espacio político e ideológico para una defensa compacta de las libertades económicas y civiles no será sencilla. Pero ya ha empezado.