Visita de un papa bueno

13 Ene 2018 | 6:05 h

Aunque no podemos ni debemos olvidar el componente autóctono de nuestra conformación nacional, somos también un país de formación cristiana, heredero de lo que fue la Cristiandad y de los valiosos aportes derivados del cristianismo como fermento histórico. Por ejemplo, como lo ha señalado Jacques Maritain en su libro Cristianismo y Democracia, la idea de la igualdad de los hombres ante Dios alimenta el ideal de igualdad de los hombres entre sí, que es el valor cardinal de la democracia.

Así también hay que recordar que las elecciones, que hoy nos resultan la quinta esencia de la democracia, no son herencia ni parte de la democracia original ateniense. Los atenienses, a diferencia de los espartanos, preferían la rotación o el sorteo de los cargos.

Es en la Edad Media, tiempo de la cristiandad, cuando más se expande el valor de las elecciones (del Papa, del emperador, de los abades, de los gremios, etc.). Como último ejemplo habrá que recordar, con Jacques Le Goff, la reivindicación de la mujer producida al establecerse que el matrimonio debía ser una elección libre entre ambas partes y elevar la figura femenina de la Virgen María.

El mensaje principal del cristianismo es el mensaje de la solidaridad, de la caridad, del amor y de la justicia. Es un hecho notable que esta religión haya dado pie, a través de los siglos, a una cultura de la represión y, sobre todo, de la represión sexual. Empezando con San Agustín, quien unió el pecado original al pecado de la carne en virtud de la concupiscencia, hemos llegado a un sentido común en el que pensar y hablar del pecado es casi exclusivamente un tema de sexualidad.

Los pecados de la injusticia, la discriminación, la falta de tolerancia, han pasado a ser como pecados veniales frente a los pecados mortales de la sexualidad y han resultado marginados de la pastoral religiosa común. Hay cristianos, de buena fe sin duda, que organizan marchas contra una supuesta “ideología de género”, pero callan elocuentemente frente a la corrupción y otros pecados más pecaminosos.

Por cierto, la Edad Media tiene una herencia positiva y también una herencia negativa que es de espanto. Las cruzadas fueron la fundación cristiana y occidental de las guerras religiosas, de la guerra santa, que no es invento exclusivo ni reciente del mundo musulmán. La cruzada fue lanzada para afianzar el poder del Papa y se extendió dentro de Europa hasta movimientos cristianos considerados heréticos, como los cátaros. Su complemento fue la inquisición, sacralización de la intolerancia, la tortura y el asesinato vil.

El celibato sacerdotal, que no pertenece al cristianismo original (San Pedro era casado) se remonta el año 325, inaugurando una epidemia, hoy muy extendida, de abusos sexuales infantiles que son característica frecuente de la vida religiosa y frente a la cual todavía la Iglesia no reacciona con el rigor y la energía correspondientes, como lo demuestra el caso del Sodalicio de Vida Cristiana, recién intervenido con oportunidad de la inminente visita pontificia al Perú. Del mismo año 325 proviene la marginación de las mujeres de las funciones sacerdotales, todavía vigente.

Sin embargo, a lo largo de todos estos siglos, ha habido pontífices empeñados en recuperar el sentido del cristianismo como religión del amor y no solo de la represión. En tiempos recientes destaca Juan XXIII, el Papa bueno, autor de las encíclicas Mater et Magistra y Pacem in Terris y convocante del Concilio Vaticano II.

Su tiempo es, en América Latina, el tiempo de la histórica conferencia episcopal de Medellín y del nacimiento de la Teología de la Liberación, cuyo pensador principal, el peruano Gustavo Gutiérrez, ha quedado plenamente reivindicado por el papa Francisco. Por todo ello, y a pesar de sus contradicciones, el papa Francisco es un aliento de renovación que merece ser recibido jubilosamente.

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