Publicado el
abril 18, 2011 por
epatriau
La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala ha sido graficada desde ciertos sectores como una disyuntiva entre: 1) La continuidad de un modelo económico exitoso y; 2) La irrupción de una “amenaza populista” que va a desandar todo lo avanzado hasta el momento.
Según esta visión, es casi-casi como si estuviésemos eligiendo en vez de un presidente a un ministro de Economía por los próximos cinco años. Los demás alcances de la política quedan completamente de lado.
Primero, lo anterior no es cierto.
Segundo, en realidad –y como ya lo explicó muy bien Carlos Reyna en su última columna en La República– estamos entre dos populismos. Uno más a la izquierda (Humala), otro más a la derecha (Fujimori).
Plantear una bifurcación entre populismo y modelo económico exitoso equivale a hacer una equivalencia entre populismo y una mala práctica económica. El ejemplo por excelencia sería Alan García y su primer gobierno, cuando estuvo a punto de desaparecernos como país.
Esa es una visión demasiado limitada del populismo. Es mejor pensarlo y entenderlo como una categoría esencialmente política.
¿Qué es populismo entonces?
Por lo pronto, es parte constitutiva de la vida latinoamericana. Todos lo han visto, señalado con el dedo y denunciado su existencia.
Es una mala palabra, sinónimo de algo que se percibe negativo. Decir que tal o cual es populista resulta una descalificación directa.
Y es un término vago, lo que redunda en serias dificultades para emplearlo con propiedad.
Algunos entienden al populismo como la reacción a un proceso de cambio social y económico. Otros asumen que es la consecuencia de una crisis institucional. O que es un estilo de liderazgo, con una estrategia discursiva empleada para legitimar la acción política. Esta última me parece la opción más plausible.
En apretado resumen, estaríamos hablando de un estilo de liderazgo profundamente personalista, que interpela de manera directa y sin mediación institucional a los ciudadanos, al “pueblo”. Piénsese en Alberto Fujimori y su estilo de hacer política, sin partido. Él y las masas. Al frente, el enemigo: los partidos políticos, el Congreso. Porque, al final, el populismo también tiene mucho de fractura social, de campos enfrentados.
Carlos Reyna sostiene acertadamente que Humala encarna, de alguna manera, a esos populismos desarrollistas y nacionalistas que aparecieron en América Latina hace ya 80 años, aunque en versiones bastante más radicales (el propio Víctor Raúl Haya de la Torre es un exponente histórico del populismo latinoamericano). Keiko Fujimori sería, en cambio, una extensión del populismo clientelar de su padre.
¿Es malo tener que decidir entre dos populismos? No es lo óptimo al menos. Uno quisiera votar a candidatos organizados en partidos que planteen una relación institucional y no vertical con los más necesitados y que adhieran firmemente las causas democráticas.
Tampoco es el fin del mundo. El populismo no es una perversión ni una desviación. A pesar de su raíz autoritaria y excluyente, tuvo mucho que ver en la incorporación de las masas en la vida política latinoamericana. En esta parte del mundo el populismo no es lo raro. Es lo usual.