¡Jalados en lectura!, por Carlos Garatea Grau

" Las maneras de comunicar, es decir, lo que se entiende por decirle algo a otra persona tiene en ese mundo una concepción distinta de la que experimentamos en la comunicación cara a cara"

Carlos Garatea
Carlos Garatea

*Exrector de la Pontificia Universidad Católica del Perú

En educación, el éxito no cristaliza en papeles ni en ceremonias oficiales. El éxito cristaliza en lo que sucede entre un alumno y un profesor durante una hora lectiva. En esa relación se define si la educación es de calidad; si el profesor es consciente del tamaño de su responsabilidad; si el alumno logra descubrir sus capacidades, desarrollar sus habilidades, en suma, aprender y ser una buena persona, respetuosa del entorno, sensible, curiosa y honesta. Cuando el problema se reduce a infraestructura y a insistir en pleitos ideológicos, entonces no se ha entendido el problema.

En la última prueba Pisa estamos jalados. Digo estamos porque los jalados no son solo los alumnos, sino también los profesores, los responsables del Minedu y, sin duda, todos aquellos que intervienen en el diseño de políticas educativas. También los congresistas, por cierto. ¿Acaso no hemos visto lo que han hecho con la educación en los últimos años? El consuelo es que no somos los únicos que estamos mal y que el desastre es más extenso y profundo. Ya sabemos que mal de muchos, consuelo de tontos. Falta autocrítica y soluciones. Hay, obviamente, un requisito: entender el problema.

Concentrémonos en la lectura. Pisa confirma que la inmensa mayoría de estudiantes no entiende lo que lee. No es novedad. Pregúntales a los profesores. ¿Quiere decir que no saben leer? No. Los jóvenes pasan horas todos los días leyendo en sus teléfonos o pegados a una pantalla. También lo hacen muchos adultos, incluyendo profesores, por cierto. De manera que sí tienen contacto con la lengua escrita y leen. Obviamente, no es el tipo de lectura que contribuye con el desarrollo cognitivo esperable en una educación de calidad; al menos, digámoslo así, no es el tipo de lectura que incrementa el espíritu crítico, ni la abstracción, ni las asociaciones, ni las inferencias y parece poco probable que forme ciudadanos en el sentido estricto del término. Las maneras de comunicar, es decir, lo que se entiende por decirle algo a otra persona tiene en ese mundo una concepción distinta de la que experimentamos en la comunicación cara a cara. Cuando se pasa de ahí a la realidad real, el contraste y la distancia se hacen evidentes y, muchas veces, siembran el alma con frustraciones, violencia y una soledad insoportable. Las normas y conductas de una no funcionan en la otra. No se lee igual, además.

 ¿Es responsabilidad de los estudiantes? No. La responsabilidad es de la lista de jalados que mencioné y que ignora el complejo proceso cognitivo y emocional que atraviesan los escolares y los universitarios durante sus años de formación. Si la lectura implica contacto con textos escritos, habría que empezar por invitar a los muchachos y muchachas a que aprecien la existencia de tipos textuales distintos, cada uno con sus exigencias y cada uno con sus propios desafíos. Leer un editorial, una novela, una ley o un wasap implica formas y estructuras, verbales y discursivas, que someten al lector a diversos retos de comprensión. Ya circula el proyecto de introducir una hora de lectura en los colegios. Ciertamente que una hora es mejor que nada. Pero, ¿en serio creen que esa es la solución para que un escolar comprenda un texto? Los tipos de lectura tienen su momento, su edad y requieren diferentes grados de madurez intelectual. Exigirle a un escolar que lea la primera parte de el Quijote o, en un ejercicio de patriotismo, aprenda y recite un poema de Trilce serviría para confirmar que el problema está lejos de una solución. Y algo peor, quienes lo sugieren no ofrecen indicios de ser buenos lectores.

 Leer y comprender un texto exigen acompañamiento, experiencia, conversación, tiempo y, sobre todo, tener alguien con quien compartir lo que la lectura ofrece al lector. No basta mover los ojos sobre una sucesión de palabras, ni pedir resúmenes. La comprensión se traduce en una opinión personal sobre la idea central de un texto. Repetir de memoria demuestra que se tiene buena memoria y que no se ha entendido nada. Cuando se comprende un texto, el lector debe poder argumentar y defender su interpretación. Esa es la base del espíritu crítico. El discernimiento. El argumento.

 Cuando una autoridad declara que se fomentará el espíritu crítico en los colegios, todos celebramos. Pero si un segundo después afirma que se limpiará el currículo de toda ideología recurriendo a una historia científica, sustentada en datos, queda claro que carece de espíritu crítico y de conciencia histórica; también queda claro que una frase puede ser su propia negación. Nadie duda de la importancia de la educación para construir un mundo mejor; sin embargo, mientras sea vista únicamente como un negocio y un instrumento que da réditos políticos, entonces seguiremos cuesta abajo. Sin una buena educación no habrá desarrollo.

 ¿Qué debe suceder para que escuchemos a los especialistas y a quienes diariamente asumen la responsabilidad de dictar una buena clase? Hay mucha literatura sobre estos temas. Empecemos, vaya paradoja, por leerla.

 

 

 

 

 

 

 

 

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