El siglo de Amelia Weiss, por Czar Gutiérrez

Construyó un universo de bronce, resina, acrílico, pintura, animales y cuerpos humanos. Atravesó la modernidad peruana desde una figuración obstinada, sensual y lúdica capaz de transformar la continuidad histórica en invención pura. Se exhibe en La Galería de San Isidro.

 

 

"Bodegón con racimo de uvas". Óleo sobre lienzo. Imagen: Difusión.
"Bodegón con racimo de uvas". Óleo sobre lienzo. Imagen: Difusión.

Con paciencia mineral fabricó una época conservando una extraña independencia respecto de las modas historiográficas. Mientras la abstracción conquistaba el horizonte de la escultura peruana y la modernidad comenzaba a identificar la ruptura con una suerte de imperativo moral, ella persistió en la figura. Una persistencia que jamás fue inmovilidad.

Su escultura comienza en el barro, en esa intimidad táctil donde la forma es toda posibilidad. Después vienen el molde, el vaciado, la fundición, la espera. El bronce aparece entonces como una segunda vida del modelo, endurecido por el fuego y posteriormente intervenido mediante pátinas químicas que modifican su piel. En sus bronces, la superficie posee una memoria cromática: negros profundos, verdes minerales, dorados como residuos de una antigüedad imaginada. La escultura mantiene una conversación secreta con la tradición clásica, aunque el cuerpo que emerge haya atravesado ya la sensibilidad moderna.

"Bodegón con racimo de uvas". Óleo sobre lienzo. Imagen: Difusión.

"Bodegón con racimo de uvas". Óleo sobre lienzo. Imagen: Difusión.

La misma inteligencia material opera en sentido contrario con la resina y el acrílico. Allí donde el bronce remite a la permanencia, los materiales sintéticos introducen transparencia, color, ligereza óptica. El acrílico líquido podía permanecer meses en un contenedor hasta solidificarse como bloque. Ella lo tallaba posteriormente siguiendo con precisión las dimensiones de su modelo. La resina poliéster, pigmentada desde su interior, convertía el volumen en una especie de organismo luminoso. La materia dejaba de ser soporte para convertirse en argumento.

Esta doble pertenencia -entre lo arcaico y lo sintético, entre el peso y la transparencia- constituye una de las claves de una obra tensionada entre forma cerrada y expansión espacial. Sus figuras poseen una unidad compacta, incluso cuando sus líneas parecen querer prolongarse más allá del cuerpo. El Dúo gatuno lo demuestra con particular intensidad: dos gatos de bronce extienden sus colas formando grandes arcos que dibujan en el aire una escritura continua.

Sus cuerpos humanos obedecen a una lógica semejante. Torso, espalda, vientre, muslo, pecho. El cuerpo reducido a sus grandes volúmenes como si buscara una anatomía anterior al detalle. En sus pinturas, particularmente en los desnudos, esa simplificación adquiere una temperatura distinta. Los cuerpos anaranjados y rojizos se enfrentan a verdes, azules, violetas y amarillos. Las figuras se entrelazan con objetos, frutas, animales y superficies domésticas. El erotismo surge de la relación entre masas cromáticas, curvas corporales y proximidades.

"Torso femenino". Bronce con pátina negra. Imagen: Difusión.

"Torso femenino". Bronce con pátina negra. Imagen: Difusión.

La mujer, el gato, la fruta, la jarra, el caballo, el efebo: todo parece participar de una mitología doméstica. Panofsky permitiría leer esas presencias desde la descripción hasta la interpretación cultural. Gombrich, desde el esquema que la artista modifica mediante sucesivas correcciones. Pero quizá sea Riegl quien permita comprender mejor esa persistencia porque existe en ella un Kunstwollen, una voluntad formal que atraviesa materiales y décadas sin quedar subordinada a un programa estilístico.

Por eso su casa-taller de San Isidro fue una pequeña cosmogonía. Allí se modelaban figuras, animales y seres casi divinos. Allí la materia encontraba su forma y la forma encontraba genealogía. La domesticidad adquiría dimensión mitológica en transformación continua. Persistir en la figura cuando la historia exige ruptura, introducir materiales sintéticos dentro de una tradición escultórica ancestral, convertir el cuerpo en territorio de juego, deseo y memoria.

Su modernidad reside precisamente allí. Amelia Weiss (1926-2002) nació hace un siglo y no necesitó destruir la tradición para modificarla. Le bastó tocarla.

Dato:

Lugar: La Galería

Fechas: Del 9 de setiembre al 3 de octubre 2026

Dirección: Calle Conde de la Monclova 255 - San Isidro

Horario: Lun.-Vie.: 11.00 a. m.-7.00 p. m. Sáb.: 3.00 p. m.-7.00 p. m.

Últimos artículos