Abogada. Excomisionada de la CIDH
Hace poco explicaba por qué las feministas no podíamos celebrar la presencia de mujeres en puestos de poder si no respetaban la igualdad y los derechos humanos. El discurso presidencial y la conformación del nuevo gabinete nos dan ejemplos para continuar con el tema.
En cuanto al discurso, no solo no se menciona la palabra mujer ni por error, sino que en un país donde el feminicidio y la violencia sexual son patrones generalizados, el silencio sobre cómo enfrentar estos temas fue abrumador. Las niñas también se invisibilizan cuando no se menciona la gravedad del patrón de violencia sexual sistemática en Condorcanqui, por ejemplo.
En cuanto al gabinete, de un total de 19 ministerios solo se ha nombrado a dos mujeres y de ellas, una fue al Ministerio de la Mujer, cargo que ningún hombre quiere.
A ello se suma que varios de los nuevos ministros no solo no son aliados de las mujeres sino todo lo contrario: desde quien dijo que no hubo esterilizaciones contra la voluntad de las mujeres sino “sin su voluntad” hasta quienes pretenden el retiro del Sistema Interamericano, que ha fallado a favor de Celia Ramos, esterilizada forzosamente y que pronto dará la sentencia del caso Georgina Gamboa, víctima de violación múltiple en Ayacucho.
Adicionalmente, me llama la atención que las mujeres políticas de Fuerza Popular se ubiquen en el Congreso, al que llegan por decisión de la población, pero que en el Gabinete cuya conformación depende de su lideresa, no se les incluya. No es, por tanto, solo un mensaje negativo para las profesionales peruanas sino una señal directa para las mujeres de su partido: acá no tienen lugar.
Por ello, cuando algunos lanzan con oportunismo términos como “sororidad” —es decir, el apoyo entre mujeres para defender sus derechos— usándolos como justificación de su respaldo a la nueva gobernante, cabe recordarles que una mujer puede tener prácticas tan machistas como un hombre y eso no merece sororidad, sino un profundo rechazo.