El discurso de odio que dejó la campaña

El Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio recuerda que la polarización de la campaña deja daños que el nuevo gobierno tiene la responsabilidad de desescalar.

El 18 de junio, Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, llega mientras el Perú procesa los resultados de la segunda vuelta más ajustada en décadas. La campaña que condujo al 7 de junio dejó un rastro documentado de ataques racistas contra candidatos indígenas y rurales, insultos masivos a simpatizantes de ambos lados y asociaciones de personas y colectivos con el terrorismo o la delincuencia. La analista Urpi Torrado documentó para El Comercio que ese discurso puede movilizar adhesiones de corto plazo, pero deja una sociedad más fragmentada, desconfiada y polarizada. Sus efectos persisten mucho después del cierre de las urnas.

Esta polarización tiene en el Perú raíces de dos décadas. Desde el 2006, el país ha reproducido en cada segunda vuelta el mismo patrón: una mitad del territorio contra la otra, Lima contra las regiones, la ciudad contra el campo. La elección del 7 de junio replicó esa grieta con una precisión que ya resulta estructural. Lo que cambia cada cinco años son los candidatos. Lo que persiste es la lógica de la exclusión y el lenguaje que convierte al adversario político en enemigo.

La xenofobia contra la migración venezolana es un capítulo específico de ese patrón. El Perú acoge a más de 1,7 millones de venezolanos y en cada proceso electoral desde el 2018 los mensajes de odio contra esa población se disparan. El Barómetro de la Xenofobia documentó que un tercio del discurso sobre migración se orienta a vincular a los venezolanos con hechos delictivos, convirtiendo a personas vulnerables en chivo expiatorio de problemas estructurales que el Estado lleva décadas postergando.

El discurso de odio sobrevive al conteo de votos. Vive en las redes, en el lenguaje cotidiano y en la memoria de los grupos que fueron su blanco. El nuevo gobierno tiene la responsabilidad de desescalar ese clima activamente, con declaraciones que distingan el debate político del ataque personal, con políticas de integración para la población migrante y con señales claras de que el racismo y el sexismo resultan incompatibles con el discurso oficial. Gobernar un país partido casi en dos mitades requiere, primero, hablarle como si fuera uno solo.