La última encuesta presentada por Datum informa que el 65 % de los peruanos prefiere a un candidato presidencial sin experiencia política. En otras palabras, la ciudadanía está a favor de un político sin experiencia como tal.
Al respecto, vale la pena anotar que esta percepción se ha formado a partir de una sucesión de crisis políticas originadas, sobre todo, en la cooptación de las instituciones por intereses particulares de carácter antidemocrático y autoritario. Particularmente, en el último decenio, el Parlamento concentró decisiones que profundizaron la crisis y aceleraron el distanciamiento ciudadano frente a la política organizada.
En este contexto, la figura del outsider concentra una demanda de distancia sin precedentes frente a ese proceso de deterioro institucional.
La historia política peruana ofrece antecedentes de esta dinámica. El caso de Alberto Fujimori en 1990 sintetizó esa secuencia causada por el colapso del sistema de partidos, la crisis económica y la violencia política. Hoy, 36 años más tarde, las condiciones se asemejan con matices agravados como la hiperfragmentación electoral, la competencia al Estado que generan las economías ilegales y la violencia ocasionada por el crimen organizado.
En 2006, el politólogo Sinesio López explicó que la emergencia del outsider sigue rutas reconocibles. Esto es, incapacidad del Estado para atender problemas estructurales, el desprestigio de las instituciones que esto genera y el debilitamiento de los partidos. En ese escenario, los outsiders canalizan, en el corto plazo que significan los procesos electorales, las demandas acumuladas y convierten la crisis de representación en oportunismo electoral.
No obstante, las elecciones de 2026 colocan un desafío distinto sobre la mesa. Junto a la preferencia por outsiders en la contienda presidencial, la oferta electoral al Senado y a la Cámara de Diputados incorpora candidaturas que buscan poner límites al uso abusivo del poder, restablecer garantías de representación y fortalecer el respeto por el Estado de derecho. Ese espacio parlamentario adquiere así un papel decisivo en la reconstrucción del orden republicano.
El Parlamento, que ha sido el principal escenario de la crisis política reciente, aparece también como el lugar desde el cual se pueden establecer contrapesos efectivos y ordenar el ejercicio del poder. De ese manera, la ciudadanía tiene la oportunidad de ser parte de ese proyecto republicano y participar activamente en su redefinición a través de su próximo voto.