Fin del show de monos con metralleta, por Augusto Álvarez Rodrich
Qué bueno que se eliminó la confianza al nuevo premier.

Si el gabinete Adrianzén llega al 2026, algo poco probable pues los ministros son fusibles para evitar el cortocircuito presidencial —y Dina Boluarte está que saca chispas—, la ceremonia de investidura realizada ayer para darle la confianza será la última pues este instrumento se eliminó dentro del paquete de reformas constitucionales para reinstalar la bicameralidad.
El artículo 130° aún vigente establece que, “dentro de los treinta días de haber asumido sus funciones, el presidente del consejo concurre al congreso, en compañía de los demás ministros, para exponer y debatir la política general del gobierno y las principales medidas que requiere su gestión. Plantea al efecto cuestión de confianza”.
El esquema seguramente parecía interesante cuando se pensó, pero la experiencia constata su inutilidad.
Primero, porque casi siempre los presidentes del consejo de ministros exponen la misma perorata de buenas intenciones como en la canción ‘Algo personal’ de Serrat, con frases que no vienen de ningún lado y van a la nada.
En un sistema presidencialista, basta con su mensaje de fiestas patrias establecido en el artículo 118°-7, pues se supone que el premier que elija es para seguir lo que este ha establecido antes.
Segundo, es un sistema inservible pues la confianza al nuevo gabinete o su negación —que solo ha ocurrido una vez, a Pedro Cateriano, lo que habla bien de él— no depende de lo que exponga el premier sino de una negociación realizada en otro espacio y sustentada en intereses antes que principios.
Tercero, y más importante, la ceremonia de ‘investidura’ es peligrosa para la reputación de la democracia peruana pues constituye una oportunidad en la que todos los congresistas quieren hablar y, con la ‘autoridad moral’ que le confiere a este columnista tener que, por su oficio, verla, se debe concluir que con muy pero muy contadas excepciones, es un rito que desnuda la penosa realidad de que el parlamento peruano está integrado por gente incapaz de articular una idea, que vomita agravios y que compite por ser el mejor mono con metralleta. Es una experiencia nauseabunda. Verlos a todos juntos hablando uno tras otro hace pensar qué estaremos pagando los peruanos con esas ‘pobres criaturas’.














