Si en algo te ofendí
“No se le puede exigir tanto a Becerra. Pero tampoco podemos quedarnos callados ante declaraciones que dañan a todos, pues nos hunden en el ciclo interminable del rencor y la venganza”

Los políticos recurren a menudo a pedir perdón sin realmente hacerlo. De este modo minimizan o niegan el daño causado. Con lo cual perpetúan el ciclo de la violencia y bloquean el inicio de lo que en psicoanálisis se denomina el proceso de reparación. Cuando Alan García ofendió con una sarta de insultos a los maestros peruanos (“comechados” era uno de los más suaves), se vio obligado, ante la presión pública, a emitir unas disculpas en condicional.
Citando, sin saberlo, a Silvana di Lorenzo en la canción “Qué pasa entre los dos”. Lo propio acaba de hacer el inefable ministro de Educación, Óscar Becerra.
Tras insultar ferozmente a las madres aimaras que ejercían su legítimo derecho a la protesta sin violencia, por llevar a sus hijos atados a la espalda, afirmó, una y otra vez, que eran peores que animales. Incluso “sospechó” que eran niños alquilados, pues hasta los animales, afirmó, protegen a sus hijos con su vida.
Lo más sorprendente –al menos para mí– fue el apoyo que sus declaraciones encontraron en las redes sociales. Prefiero pecar de ingenuo y seguir asombrándome ante la intensidad del racismo alojado en nuestro lazo social. Uno de los argumentos que esgrimen quienes se identifican con esas declaraciones es que Becerra dijo en voz alta lo que muchos piensan en voz baja. Lo cual es cierto, pero no menos deshumanizante.
Algún tiempo después emitió las consabidas disculpas en condicional: “Quiero decirles que si alguna expresión mía ha sido equívoca, les ofrezco mis sentidas disculpas. Al mismo tiempo me ratifico en mi defensa absoluta de los niños y niñas del Perú”. Estas disculpas a lo Silvana di Lorenzo fueron forzadas por el Yaku de críticas que le cayeron encima.
Insultar a las madres puneñas que protestan democráticamente, sin mencionar una palabra sobre la violencia policial, es tan grotesco como la carta en la que distinguidos intelectuales de la academia norteamericana le piden al Departamento de Estado que no extraditen al prófugo Toledo. Es discutible que en el Perú existan condiciones para un juicio justo.
Pero afirmar que se trata de un héroe de la democracia, sin mencionar las contundentes evidencias de corrupción que pesan sobre el exmandatario y su esposa, es indigno de pensadores de esa envergadura: They should have known better.
No se le puede exigir tanto a Becerra. Pero tampoco podemos quedarnos callados ante declaraciones que dañan a todos, pues nos hunden en el ciclo interminable del rencor y la venganza.






