Esperando a los bárbaros, por Jorge Bruce
“Los habitantes de los territorios ajenos a los linderos de las urbes modernas como Lima son esos bárbaros. O esas bárbaras ataviadas con polleras y sombreros, con su guagua sujeta a su espalda, a la que se ordena gasearla”.

El título de esta nota, he caído en cuenta, es un tópico literario. JM Coetzee publica en 1980 una novela así llamada (hay una buena película en Netflix, con guion del escritor sudafricano, donde brilla Mark Rylance). Dino Buzzati se le adelantó 50 años con El desierto de los Tártaros. Asimismo —y esta es mi favorita— el mendocino Antonio Di Benedetto lo hizo con Zama, de 1956. También hay una película de Lucrecia Martel que se encuentra completa en YouTube.
Lo que une estos relatos es la presencia del protagonista en una región fronteriza, en los confines de algún imperio. Después del fuerte en el que se cobijan, viene la tierra ignota, ahí donde moran los “bárbaros”. Por lo general en una zona inhóspita, árida, hostil.
Algo así como el altiplano puneño.
En el imaginario occidental (Octavio Paz decía que los latinoamericanos somos el Extremo Occidente), los habitantes de los territorios ajenos a los linderos de las urbes modernas como Lima son esos bárbaros. O esas bárbaras ataviadas con polleras y sombreros, con su guagua sujeta a su espalda, a la que se ordena gasearla o meterle bala si se pone lisa.
Y no se preocupen por las consecuencias, porque la culpa es de ellas por utilizar a sus hijos como escudos, no de la Policía por reprimirlas violentamente. Además, en el peor de los casos, el Poder Judicial se encargará de que esos expedientes sean almacenados en esos depósitos polvorientos e interminables, en los que tarde o temprano ocurrirá un incendio.
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Lo que se ve en el género de la novela sobre las fronteras que nos separan de los seres incivilizados, es que los bárbaros son una creación de los poderes hegemónicos. Desde Canadá hasta Patagonia, la historia se ha repetido una y otra vez. A fuerza de estigmatizarlos, aniquilarlos, con frecuencia reducirlos mediante el embrutecimiento, el alcohol, la ausencia de servicios públicos y toda suerte de violencias físicas y simbólicas, se incuban en los discriminados unos afectos oscilantes entre el sometimiento y la rebeldía.
La desoladora ignorancia de nuestra actual clase política, aunada a su codicia desbordada —más aún ahora que los EE. UU. le han bajado el dedo a este régimen—, hace que la narrativa de los bárbaros que nos asedian en las llamadas tomas de Lima desemboque en la ferocidad y las muertes que hoy dan la vuelta al mundo. La voluntad de no saber, impulsada por la rapiña desvergonzada, es homicida, sí, pero también suicida.




