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Trámite electoral

“... el fracaso del propio proceso de descentralización. Se promovió como la principal reforma del Estado del siglo XXI, pero sufrió varios sabotajes desde el inicio...”.

Los procesos electorales no son lo único que define a una Democracia, pero sí son un elemento central de ellas. Son el momento en que la ciudadanía recupera el poder –simbólicamente– para transferirlo, de manera libre y secreta. La elección no es un cheque en blanco, no acaban ahí nuestros derechos y deberes ciudadanos, pero sí es un ejercicio de designación de autoridades y por tanto tiene gran relevancia.

¿Por qué entonces este proceso electoral parece un mero trámite? ¿Por qué no genera ilusión ni movilización ciudadana?

Faltando quince días para las elecciones, las ciudades debieran llenarse de caravanas de autos, bicicletas, motos, así como de piquetes proselitistas. Esto no está pasando. Claro que hay propaganda, carteles inundando calles y avenidas. El dinero que acompaña las elecciones sí está. Pero no la movilización ciudadana ni la acción colectiva que sale a tomar las calles a convencer al electorado.

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Estas elecciones parecen insípidas, cargadas de resignación. Veamos la última encuesta de IPSOS que revela que el 79% de votantes aún no deciden su voto en el caso de Gobiernos Regionales, el 72% en caso de Municipalidades Provinciales y el 67% en de Municipalidades Distritales.

La misma encuesta señala que, en Lima, el candidato que encabeza las encuestas tiene solo el 10% de sus electores realmente convencidos de votar por él. Quien figura en segundo lugar solo el 9% y el tercer lugar solo el 4%. El desgano, la falta de interés, la desidia son peligrosos. Volver las elecciones meros trámites vacía de contenido de la democracia y socava la legitimidad de origen de las autoridades.

Las razones son varias. Una de ellas es la precaria oferta electoral. Hay muchas candidaturas, sí, pero todas del mismo estilo. No hay proyectos políticos sólidos, con propuestas programáticas coherentes, lo que tenemos en la mayoría de casos son emprendimientos políticos que responden a intereses subalternos. La famosa reforma política nunca se llegó a ejecutar plenamente, postergándose elección tras elección y la calidad de nuestra oferta electoral no ha cambiado.

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Sigue siendo una tarea pendiente y además urgente. Pero en el caso de estas elecciones hay un factor adicional: el fracaso del propio proceso de descentralización. Se promovió como la principal reforma del Estado del siglo XXI, pero sufrió varios sabotajes desde el inicio, razón por la que no ha logrado los objetivos que se trazó.

No han mejorado los servicios esenciales, no se han logrado construir proyectos territoriales de desarrollo y, por el contrario, lejos de garantizar la transparencia y la vigilancia ciudadana, se ha vuelto un foco de corrupción. La solución no es volver a un Estado totalmente centralizado, que sabemos puede ser ineficiente y corrupto también, pero negar los serios problemas de la descentralización tampoco es una solución.