Ramiro  Escobar

Ramiro Escobar

Meditamundo
Lic. en Comunicación y Mag. en Estudios Culturales. Cobertura periodística: golpe contra Hugo Chávez (2002), acuerdo de paz con las FARC (2015), funeral de Fidel Castro (2016), investidura de D. Trump (2017), entrevista al expresidente José Mujica. Prof. de Relaciones Internac. en la U. Antonio Ruiz de Montoya y Fundación Academia Diplomática.

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Mirar para todos lados

“En todo escenario tenebroso puede aparecer un lampo de lucidez, una grieta en medio del pozo, una flor en medio de la más furiosa sequía”.

Más allá de la calidad cinematográfica de No mires para arriba, el film de moda, hay algo que no se puede negar: rasca donde pica, tiene la cualidad de, por más de dos horas, retratar casi con brutalidad —y a veces con excesos— lo que es la estupidez potencial del ser humano, ese mal que ronda alrededor de nosotros y que a veces se mete en nuestras vidas como una tromba.

Presenta la desolación de dos científicos que claman por poner en la cancha temas cruciales; la performance delirante de algunos conductores de TV; la locura digital que salta todos los días frente a nuestros sentidos; una ciudadanía más afiebrada por comprar, o vender, hasta su alma y sus riesgos; una clase política despiadada y desubicada. Es decir, el menú de nuestro tiempo.

Todo ello mientras la Tierra está al borde del abismo, lo cual en el film está simbolizado por la llegada de un cometa ‘mataplanetas’, pero que —como sentimos y sabemos— hoy está plantado frente a nosotros en la forma de una crisis climática o de un desborde pandémico. O como un muro de negligencia que ignora la forma en que seguimos alimentando la desigualdad humana.

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José Saramago una vez escribió que “cuando el hombre se dio cuenta de que era inteligente, se volvió loco”, y eso es lo que está ocurriendo en nuestra vida misma, no en el film. Inventamos cosas ‘inteligentes’ como un drone, un smartphone; o una nave capaz de “tocar el sol” (la reciente sonda Solar Parker de la NASA). Pero somos incapaces de acabar con la guerra en Siria.

Estamos aún sumergidos en una pandemia, pero hay quienes se dan tiempo para negar el fenómeno o clamar contra alucinados ‘chips’; y agregan en su bolsa de delirios la negación del calentamiento global, como si no tuviéramos ya suficientes hogueras climáticas. Acaso porque creen que los incendios en Australia, o en la Amazonía, los apagarán los héroes de Marvel.

Hasta la agobiante discusión sobre si la película es ‘mala’ o ‘buena’ parece una muestra de cierta inconsciencia. Es importante analizarla sí, pero ¿nos salvará de algo insistir en ello ad infinitum? El planeta se incendia, por la crisis ambiental o por pandemias que podrían ser crónicas, como ya lo han señalado varios científicos; el último crítico también se puede quemar en ellas.

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Al final, es tentador autoflagelarse por el film, por lo que hacemos. Aunque eso sea otro modo de no mirar ni arriba, ni abajo, ni al costado. En todo escenario tenebroso puede aparecer un lampo de lucidez, una grieta en medio del pozo, una flor en medio de la más furiosa sequía. Para que ocurra, es indispensable mirar para todos lados y abrazar lo real, no las fantasías del sistema.