Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Animal urbano
Cronista, poeta y profesor en la Universidad de Lima. Estudios en Lingüística y periodismo. Editor en la mayoría de los medios peruanos y corresponsal en revistas del extranjero. Autor de una treintena de libros sobre comunicación, lenguajes alternativos y culturas urbanas. Con premios en Casa de la América y Prensa Latina (Cuba) y Etecom-Perú.

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Mi gente de San Isidro

“Para muchos peruanos el deporte nacional es tildar de indios o cholos a los que no lucen sus pieles blancas y sus ojos claros. Lo viví en una de las universidades más pitucas de Lima donde la puya racista origina la segregación y el desprecio”.

Que la Chola Chabuca siga realizando sketchs racistas, esta vez contra la comunidad asiático peruana, lo entiendo. Qué se le puede pedir a un sujeto ladino. Que el congresista y marino Jorge Montoya acuse sin pruebas a la ministra de Cultura, Gisela Ortiz, de haber tenido vinculación con Sendero Luminoso no es extraño. Su foja de servicios está plagada de tratar a sus enemigos con expresiones de racismo y terruqueo. Al final de cuentas, sus adeptos militan en esa derecha aliterata e ignorante que seguro a Guamán Poma le hubieran colgado el sambenito de comunista, a Martín Chambi el de terruco y a Arguedas el de sedicioso.

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Pero en el colmo de la inquina y el odio, dos damas, vecinas de San Isidro, grabaron un video en la librería Book Vivant de Miguel Dasso donde se duelen reclamando que: “Cómo es posible que, en San Isidro, en la mejor calle, voten por Castillo, reciben a Francisco Sagasti como si fuera un rey, gracias a él estamos como estamos, y lo ponen en Facebook como si fuera lo más grande del planeta...”. Luego de que la librería defendiera su posición y vender libros de todos los autores, cientos de personas se manifestaron en las redes estando de acuerdo con las damas del video.

Para muchos peruanos el deporte nacional es tildar de indios o cholos a los que no lucen sus pieles blancas y sus ojos claros. Lo viví en una de las universidades más pitucas de Lima donde la puya racista origina la segregación y el desprecio. Y no es que esté de moda la intolerancia y la discriminación. Esas prácticas vienen desde los hogares y se perfeccionan en la escuela. Y hoy que soportamos la pandemia se hace ostensible este mapa de desigualdades. Pues los privilegiados se atendían en las clínicas y se vacunaban en el extranjero. ¿Y los pobres? Ahí que se mueran en los hospitales públicos.

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Pero el racismo no solo es de manejo limeño. Lo he sentido en Trujillo, Arequipa, Cusco. Esa catadura neocolonial es un discurso que envilece y pervierte. Y la brecha se expande sangrante hoy más que nunca cuando, a punto de cumplir dos años bajo los rigores del covid, ni se estudia ni se investiga. Cero en conducta. Y la educación pública no produce conocimiento, sino ignorancia. Y apuesto que no hay peores racistas, no los de San Isidro, sino los hijos de la miseria y las desigualdades, que se avergüenzan de sentir como ajeno a Vallejo o a Mariátegui. Entonces seguiremos en nuestra sociedad poco democrática y los ricos siempre serán más ricos.