Una crónica de Julio Ortega: la Biblioteca Nacional
“Hoy, gracias a Ezio Neyra, que culminó el doctorado en Letras en la Universidad de Brown, la BN es por fin biblioteca y nacional. Y es también familiar”.

Como todos los estudiantes provincianos, en mi primera visita a Lima, a los 11 años, lo primero que hice fue visitar la Biblioteca Nacional. No me permitieron tramitar un carnet de lector, y me humillaron dándome el de niño lector, limitado a leer el Tesoro de la juventud. Concluí que debería llamarse la Tortura de la juventud. Me temo que allí nació el crítico.
Pocos años después, volví a Lima para postular al ingreso a la Universidad Católica. Con derecho de piso, leía en la sala de lectura de la BN a gusto, preparándome para el examen. El primer día de clases Luis Jaime Cisneros nos dio una charla sobre “El Aleph” de Jorge Luis Borges a los 300 cachimbos. De pronto, cuando Jaime leía la visión del Aleph, en la cual el mundo es la simultaneidad del lenguaje, entendí que asistía a mi bautismo de lector.
Muchos años más tarde, el director de la Biblioteca Nacional, mi buen amigo Franklin Pease, me pidió sustituirlo por un mes, y acepté intrigado. De inmediato pedí el ejemplar de Cinco metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat. Algún lector había escrito en la contratapa: LOCO. No cabe llamarlo lector. Tuve dos sesiones con las subdirectoras para dilucidar los dramas de la BN: faltaban escobas, y un baño no funcionaba. No había fondos, y decidimos pedir ayuda a los almacenes comerciales del vecindario.
Uno de esos días apareció Aurelio Miró Quesada, mi profesor de Historia en la PUCP, con una donación de libros antiguos. La Srta. Sánchez Cerro, bibliotecaria, los recibió, solemne. Los tasé con justicia escénica.
Hoy, gracias a Ezio Neyra, que culminó el doctorado en Letras en la Universidad de Brown, la BN es por fin biblioteca y nacional. Y es también familiar. No me parece casual que mi hermano Aurelio, bibliotecario de oficio, se jubilara allí. Nuestra BN está al mismo nivel profesional e incluso superior a las bibliotecas nacionales que he visitado en Buenos Aires, Santiago, Caracas, La Habana, y aun la de México.
La BN no es solo una memoria peruana, esto es, nuestro espejo más fiel, sino también la promesa de un país cuyas sangres, ríos, y lenguajes nos hacen legible el futuro de sumas que seremos.




