
El ADN antiguo recuperado de dos indígenas vinculados al Imperio inca ofrece por primera vez pruebas moleculares sobre el impacto de la viruela tras el arribo europeo a América. Este hallazgo, publicado en la revista Science, presenta los genomas de Variola virus más antiguos hallados hasta hoy en el continente, transformando relatos históricos en evidencia genética contundente sobre la importación del patógeno.
Los restos se encontraron en el sitio arqueológico Camarones 9, ubicado en el norte de Chile. Allí, la extrema aridez del desierto de Atacama permitió la preservación excepcional del material genético en individuos que habitaron la región durante los albores del periodo colonial, confirmando biológicamente la devastación provocada por las epidemias originadas en el Viejo Mundo.
Un análisis inesperado en fragmentos de fémur hallados en Camarones 9 reveló secuencias del Variola virus con un 99,9% de similitud entre una mujer de 30 a 35 años y un joven de 18 a 20. El estudio de ascendencia confirmó que ambos individuos pertenecían a poblaciones indígenas americanas sin rastro genético europeo. Este hallazgo demuestra que la enfermedad infecciosa ya circulaba de forma local en la comunidad andina.
La datación por radiocarbono y el reloj molecular ubican los restos óseos entre 1492 y 1631, periodo coincidente con el contacto transatlántico. Aunque los registros históricos documentan el azote del patógeno en el Caribe hacia 1518 y en México en 1520, aquel descubrimiento ofrece la primera evidencia biológica directa de una cepa introducida durante la colonización española en Sudamérica.
El análisis filogenético situó la variante ancestral entre linajes europeos de la Edad Media y ramas posteriores del virus, descartando un origen autóctono en el continente. Al respecto, la antropóloga biológica Constanza de la Fuente Castro destacó el impacto del acontecimiento: "Está literalmente escrito en la evidencia biológica que todavía podemos recuperar y leer hoy".
El análisis genético de muestras descubiertas en Chile confirma que la variante encontrada pertenece a un linaje de Variola virus actualmente extinto, el cual se separó de la línea principal entre los años 1124 y 1460. Esa rama tomó un camino evolutivo independiente, por lo que ninguna cepa del siglo XX desciende de ella. A pesar de su desaparición, la enfermedad no se extinguió en ese momento; otros linajes continuaron circulando globalmente hasta su erradicación definitiva en 1980.
La controversia histórica no cuestionaba la existencia de epidemias tras la colonización europea, sino la falta de genomas antiguos capaces de identificar los microorganismos causantes. Las crónicas de la época documentaban los brotes, pero resultaban insuficientes para determinar el parentesco biológico de los patógenos. La reciente investigación publicada en la revista Science resuelve esta incógnita al aportar "evidencia molecular directa" sobre la introducción del patógeno a través del contacto colonial.
Aunque los datos genéticos no logran precisar qué expedición o individuo introdujo esta cepa específica, sí descartan que el virus hubiera evolucionado de forma aislada en el continente americano antes de la llegada de los exploradores. La relación entre los genomas sudamericanos y las variantes del Viejo Mundo proporciona la pieza clave para conectar los registros históricos de la catástrofe demográfica indígena con la evolución biológica real del patógeno.





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