
Contra todas las expectativas, Luiz Inácio “Lula” da Silva volvió a ganar una elección presidencial y, con ello, se encamina a iniciar un inédito cuarto mandato el próximo 1 de enero de 2027. La victoria confirma, ante todo, su extraordinaria capacidad de supervivencia y movilización política, propias de un auténtico zoon politikon. Al mismo tiempo, pone de relieve el costo que pueden tener el exceso de confianza y los varios errores cometidos por Flávio Bolsonaro durante la etapa final de la campaña. Por otro lado, el triunfo del candidato del Partido de los Trabajadores (PT) cuestiona las interpretaciones excesivamente generalistas sobre un supuesto giro hacia la derecha en América Latina. Sus dos principales países seguirán siendo gobernados por fuerzas de centroizquierda, aunque con importantes diferencias entre ambos proyectos políticos. Ahora bien, considerando la composición del próximo Congreso brasileño y la urgencia de algunos desafíos internos –como la seguridad pública y el crimen organizado, el equilibrio de las cuentas públicas, el endeudamiento y el costo de vida–, Lula tendrá que dedicar buena parte de su cuarto mandato a la agenda doméstica. Sin embargo, su victoria tendrá inevitablemente consecuencias para la política exterior de Brasil, tanto en el ámbito regional como en el global.
Antes que nada, ante la creciente competencia entre las grandes potencias, Brasil mantendrá una posición de cobertura estratégica (hedging), combinando una estrecha cooperación –principalmente comercial, económica y tecnológica– con China con su continuada integración en las redes tecnológicas, financieras y de seguridad de Occidente. Así, esta estrategia dará continuidad a una histórica búsqueda de autonomía por parte del Itamaraty, evitando un alineamiento automático con cualquiera de los grandes polos de poder. En esta línea, el programa de gobierno del PT plantea una política exterior “cada vez más independiente” y activa, en la que la soberanía constituye un “principio permanente e innegociable”, y rechaza explícitamente cualquier intento de subordinar a Brasil a intereses extranjeros o de reducirlo a una posición de dependencia geopolítica.
Al mismo tiempo, Brasil seguirá buscando consolidarse como un actor protagónico del sistema internacional. En este sentido, resulta significativa la participación de Brasil en el BRICS, del que es miembro fundador y que se ha expandido significativamente en los últimos años. Para Lula, este espacio constituye uno de los instrumentos para promover una mayor capacidad de incidencia de las potencias emergentes en la gobernanza global, junto con el G20 y otros foros multilaterales. Su programa plantea, asimismo, reformar instituciones como Naciones Unidas, la OMC, el FMI y el Banco Mundial, con el objetivo de hacerlas más representativas y equilibradas. Esta búsqueda de mayor protagonismo también se proyectará sobre conflictos internacionales como la guerra en Ucrania, donde Brasil mantendrá sus esfuerzos de mediación, y en Medio Oriente, particularmente en el conflicto entre Estados Unidos e Irán, donde Lula ya ha defendido una solución diplomática.
Una victoria de Flávio Bolsonaro, en cambio, habría implicado un mayor énfasis en Estados Unidos y otros socios occidentales. Su programa proponía retomar con urgencia el proceso de adhesión a la OCDE, ampliar la apertura comercial y ejecutar un plan nacional de integración de Brasil en las cadenas globales de valor, con especial énfasis en la agroindustria, los minerales críticos y la economía digital. También planteaba una mayor aproximación a Estados Unidos e Israel, aunque bajo una diplomacia que el propio programa calificaba de “profesional y pragmática” y que buscaba mantener relaciones con todos los principales polos económicos, desde China y la Unión Europea hasta Estados Unidos y los mercados asiáticos. Durante la campaña, además, Flávio cuestionó algunas de las posiciones del BRICS sobre la reducción de la dependencia del dólar y defendió una mayor convergencia con Washington, incluyendo una posible participación en el denominado Escudo de las Américas.
También en el ámbito regional, Lula y Flávio Bolsonaro representaban visiones distintas sobre el papel de Brasil en Sudamérica. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, Brasil se retiró de la Unasur en 2019 y suspendió su participación en la Celac en 2020, en un contexto de fuerte divergencia ideológica con varios gobiernos de la región. Lula, en cambio, retomó la participación brasileña en ambos espacios y probablemente continuará apostando por una política regional más activa y pragmática, buscando mantener relaciones con el conjunto del vecindario, independientemente de las diferencias ideológicas. Este será, sin embargo, un desafío particular para su cuarto mandato. Brasil se encuentra hoy entre los pocos gobiernos de centroizquierda de Sudamérica, mientras que la mayoría de sus vecinos están gobernados por fuerzas de derecha o centro-derecha. En este contexto, más que intentar construir una comunidad política afín, Lula tendrá que privilegiar una agenda de intereses compartidos, especialmente en materia de comercio, infraestructura, energía, seguridad y lucha contra el crimen organizado. El Mercosur y la cooperación sudamericana podrían constituir los principales instrumentos para ello.
Para el Perú, este escenario debería servir para relanzar una relación que, más allá del retorno de Lula, resulta estratégica por sí misma. La Alianza Estratégica Perú-Brasil, establecida en 2003 –la primera de este tipo suscrita por el Perú–, perdió impulso en los años posteriores al caso Lava Jato, pero existe hoy una amplia agenda por recuperar. Brasil sigue siendo una potencia regional con un importante potencial para asumir un papel más protagónico en el sistema internacional, por lo que el Perú debería apostar por una relación basada en el pragmatismo y los intereses compartidos: desde el destrabe del Acuerdo de Profundización Económico Comercial y el desarrollo de nuevos corredores interoceánicos hasta una mayor integración de las zonas fronterizas y el combate conjunto contra el crimen organizado. Más allá del nivel de coincidencias ideológicas entre ambos gobiernos, el desafío será traducir esta agenda de intereses compartidos en una relación bilateral acorde con la importancia estratégica de Brasil para el Perú.

"Brasil sigue siendo una potencia regional con un importante potencial para asumir un papel más protagónico en el sistema internacional, por lo que el Perú debería apostar por una relación basada en el pragmatismo y los intereses compartidos"

La exhibición reúne a un grupo de creadores con base en ambas ciudades -la mayoría provenientes del ámbito fotográfico, y otros identificados con medios más disímiles- que nos presentan proyectos que se detienen a analizar la alteración de estos dos territorios, irrumpiendo no solo en el paisaje de la ciudad, sino también en el paisaje suburbano, y sus dinámicas socioculturales.

Aunque no hay consenso para una nueva reforma constitucional, el licenciado en Derecho sugiere potenciar conferencias bicamerales para manejar discrepancias y mejorar el proceso legislativo. Esto podría restaurar la integridad del sistema.

Se cree que la lectura termina cuando se cierra el libro; sin embargo, en realidad, el aprendizaje apenas comienza. Para miles de estudiantes peruanos, el verdadero problema surge cuando deben utilizar lo leído para explicar lo entendido de manera literal, inferir una idea o formular una opinión. La comprensión lectora continúa siendo una brecha educativa que limita el desempeño escolar y, sin lugar a dudas, la participación ciudadana de nuestros estudiantes.

Fujimori debe fortalecer el sistema de justicia y modernizar la policía para combatir el crimen organizado. Las reformas legislativas en Perú deben enfocarse en el Estado de derecho, no en medidas de mano dura.