Fe de erratas, por Jorge Bruce

La gran errata, como van las cosas, ha sido la elección de este equipo incompetente y frívolo que los ha abandonado a su suerte.

Fe de erratas, por Jorge Bruce
La República

En la república romana y luego en el imperio, se utilizaba la sigla SPQR (Senatus Populusque Romanus), “El Senado y el pueblo romano”. Mary Beard, una de las mayores especialistas del mundo en la antigüedad romana y griega, publicó un magnífico libro cuyo título se compone de esas cuatro letras. Estas representaban la soberanía, la ley y la unión de todo el Estado romano. Hasta el día de hoy se pueden observar esas siglas emblemáticas en las alcantarillas de Roma, como un recuerdo histórico que atraviesa los siglos.

No pude evitar rememorar esa estupenda lectura cuando vi la ley emitida por el Senado peruano, desapareciendo sin rubor alguno a la Cámara de Diputados. Ante el escándalo provocado por esta declaración pública, Miguel Torres, el presidente del Congreso, quien hasta entonces había sostenido la legalidad del documento, se vio obligado a dar marcha atrás y anunciar que había dispuesto la publicación de una fe de erratas.

Si observamos más detenidamente el proceso que llevó desde la anulación, en la práctica, de la bicameralidad hasta este reconocimiento de una metida de pata monumental, podemos analizar esta sucesión de “errores” desde otra perspectiva. Para un psicoanalista, lo primero que salta a la vista es que, siendo Torres abogado e hijo de abogado, no podía ignorar que estaba obliterando a toda una cámara elegida por votación popular. Así como, tal como ha señalado el constitucionalista Luciano López, esta ley no se podía corregir con una fe de erratas. Esto se hace, dijo, con la copia, no con el original. Lo que correspondería legalmente sería tramitar una ley rectificatoria.

El origen de la expresión “fe de erratas” proviene de la galaxia Gutenberg, cuando las imprentas trabajaban colocando las letras a mano, plomo por plomo. Mi recordado amigo Paco Campodónico me explicaba en detalle este engorroso trabajo en su propia imprenta. Permítanme un recuerdo afectuoso al entrañable editor de Mosca Azul,quien, cuando visitaba mi casa una o dos veces por año, examinaba mis libros nuevos (tenía un ojo infalible para detectarlos), pero lo que le interesaba no era el contenido sino la confección del objeto: la sangría, el cosido, la tipografía, etcétera.

¿La ley emitida por el Senado fue entonces un acto fallido? ¿O fue una admisión implícita de cómo se estaba configurando el poder político real en este quinquenio? Lo indiscutible es que reveló la mentalidad de quienes cortan el jamón. Una vez que compraron no uno sino cinco senadores de los “partidos” Obras y Buen Gobierno, acaso fue ese triunfo omnipotente el que los llevó por la senda peligrosa de la hubris, lo cual se expresó en esa declaración que los denunciaba. Acaso pensaron —es un decir— que ya era tiempo de anunciar urbi et orbi (ahora que nos visita el papa) la nueva configuración del poder real.

Pero ese abandono de la hipocresía les estalló en las manos. Hasta los doctores Truquini, como los llama Rosa María Palacios, saltaron de sus sillones. Como diciendo: que sea cierto no significa que deba ser anunciado ni menos promulgado en El Peruano. Tras unos intentos patéticos de sostener su desprecio por la Constitución, Torres se vio obligado a dar marcha atrás. Los entendidos se dieron cuenta de inmediato de que esa reculada no tenía fe ni ley. Más que una fe de erratas, era un intento de salir airoso de la soberbia patinada, que debilita su posición en el entorno fujimorista. Juan Carlos Tafur ha explicado que un asesor que no quiso nombrar le aconsejó a Keiko que se deshaga de Torres y Galarreta: uno por tonto y el otro por vivo. Nos dejó la tarea de decidir cuál era cuál. La última de Torres parece dar una pista.

Mientras no haya una oposición firme en el Congreso y en las calles, es evidente que vamos a observar cantidad de triquiñuelas como esta. La ventaja del fujimorismo es que las viene practicando hace años. Pero esta es también su desventaja. Son muy buenos para comprar conciencias —cierto que no es difícil con representantes que actúan como mercadería a la venta—, pero no saben gobernar. Eso los coloca en una posición complicada, pues la gente espera que les resuelvan sus gravísimos problemas.

A lo cual se añade la creciente desigualdad que ha constatado la última encuesta de OXFAM. Su directora, Alejandra Alayza, lo dice sin ambages en una entrevista de Emilio Camacho en La República: en el Perú, el Congreso, la política, actúan como representantes del poder económico. Siendo esto indudable (con la atingencia de que ahora el Congreso es el Senado), también lo es que las mayorías pueden aceptar este pacto implícito siempre y cuando les represente alguna mejora en su calidad de vida. Este dato se desprende de la mayor tolerancia hacia la desigualdad de los encuestados.

El problema es que, con operadores políticos hábiles para maniobrar y comprar senadores, pero inútiles para legislar, tan inútiles como el Ejecutivo para gobernar, ese pacto tiene los días contados. Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos abusaron durante una década del cuento de que viene el lobo. Sustituir esa narrativa con caviares y terruqueo no mejora un ápice la vida cotidiana de los más necesitados. Esos que son las víctimas no solo de la extorsión cotidiana, sino de servicios de salud, educación, transporte, policía, etcétera, deplorables.

En algún momento la ciudadanía se dará cuenta de que la fe de erratas no es ese papeleo legal que a pocos les interesa. La gran errata, como van las cosas, ha sido la elección de este equipo incompetente y frívolo que los ha abandonado a su suerte.

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