Un futuro a media caña, por Maritza Espinoza

"Tal vez un día, en el futuro, podamos darnos el lujo de soñar con algo mejor: una sociedad en la que no se deje a nadie atrás"

futuro a media caña maritza espinoza
La República

Aún no ha cumplido cien días en el poder (va por poco más de la mitad), pero ya tenemos elementos para vislumbrar con alguna claridad lo que será la gestión de Keiko Fujimori. Y no, no será un apocalipsis totalitario, como sus detractores pronostican. Tampoco el nirvana de progreso y felicidad que sus -cada vez más desencantados- adeptos auguran. La vida enseña que rara vez nuestros sueños o nuestras pesadillas se cumplen.    

Atrevámonos entonces a hacer algunos vaticinios basándonos en lo que la realidad, y no los discursos, nos ha mostrado en estas semanas. De entrada, es obvio que Keiko Fujimori, en materia de decisiones, anda más perdida que la mamá de Marco (chiste boomer) y, en capacidad de gestión, no es precisamente el lápiz más afilado del estuche. Es fácil notarlo en sus escasas declaraciones a la prensa: puras generalidades, lugares comunes y un afán de ofrecer obra pública en lugar de soluciones estructurales. También está su escaso protagonismo en los consejos de ministros en los que, según ha trascendido, apenas abre la boca para saludar y despedir a los asistentes.  

 ¿Otra señal? La pobreza de su discurso -incluyendo el que leyó en la ONU, que parecía redactado a cuatro manos por Fernando Rospigliosi y Milagros Aguayo- y las escasas muestras de eso que se suele llamar cultura general. Lo que hasta el momento conocemos de su bagaje intelectual es una fijación con cierto modelo de pensamiento mágico religioso que proviene de libros de autoayuda de dudosa factura. De allí que, a menudo, utilice términos como “manifestar”, “decretar”, “vibrar alto” y otras frases cliché que forman parte de lo que algunos llaman Ley de la atracción y, otros, pura superchería.

¿Pero todo eso indica, per se, que será una buena o mala presidente? No. Este país ha dado muestras por décadas de que el mejor mandatario que hemos tenido se llama Piloto Automático y, si un gobierno -de Keiko Fujimori o cualquier otro- se cuida de hacer demasiadas olas, probablemente ese piloto siga al mando, manteniendo lo que algunos llaman “equilibro de baja intensidad”. Es decir, un estado de cosas insatisfactorio, sí, pero estable, en el que no se alcance progresos reales, pero en el que tampoco se caiga en una hecatombe irreversible.

Y este escenario se traslaparía a todos los sectores del gobierno. En Educación, por ejemplo, se reflejaría en una medianía en la que el alumno promedio, tras su paso por tambaleantes colegios estatales, clases sin recursos adecuados y profesores poco capacitados -y peor pagados-, lograría terminar sus estudios para insertarse, a duras penas, dentro de un sistema laboral de explotación y sueldos de hambre. Lo mismo en Salud, con servicios cada vez más precarizados atendiendo a millones de pacientes que, mal que bien, recibirán algunos medicamentos genéricos y lograrán sobrevivir hasta la edad de la jubilación, para recibir una pensión lindante con la indigencia durante lo que les quede de vida.

Todo ello, por cierto, con la anuencia resignada de una población dispuesta a no exigir demasiado mientras cuente con cierta predictibilidad: cambio estable, precios que no se disparan y servicios de mala calidad, pero alcanzables. Un futuro a media caña. O sea, más o menos lo que hemos tenido en estas últimas décadas en las que se nos ofreció un fabuloso chorreo económico que jamás llegó.

Por terrible que suene, ese parece ser el mejor escenario que puede pintarnos una gobernante que ya ha demostrado (si tomamos como referencia los tres breves gobiernos que manejó desde la sombra) escasa competencia, carencia de un programa de gobierno de miras históricas, ausencia clamorosa de cuadros propios y nulo afán moralizador.

Sin embargo, ¡ay!, sin embargo, todo ese frágil equilibrio podría venirse abajo si al gobierno de la Señora K se le da por transitar pendientes resbaladizas. ¿Cómo? Por ejemplo, si, creyendo que esa estabilidad tembleque equivale a gobernar bien, se le diera por eternizarse en el poder, digamos, echando mano a las reservas nacionales para comenzar una campaña populista a lo Hugo Chávez. Ahí, no sólo le diríamos adiós al buen Julio Velarde (o al sufrido sucesor que eje en el cargo), sino también a la estabilidad de la moneda y, de paso, a la democracia.

Otra posibilidad, nadita despreciable, es que, ante el menor atisbo de rechazo popular, a la doña se le diera por reprimir manifestaciones, acabar con nuestras escasas libertades y perseguir a críticos y opositores. Ahí no habría escudo de las Américas que la salve (sobre todo porque, después de noviembre, Donald Trump pasará a ser un “pato cojo”) y terminaríamos en la lista negra internacional, como terminó su padre, ubicado en el deshonroso puesto número siete de los gobernantes más corruptos del mundo.

Pero crucemos dedos para que eso no ocurra y nos mantengamos en la medianía del peor es nada. Tal vez un día, en el futuro, podamos darnos el lujo de soñar con algo mejor: una sociedad en la que no se deje a nadie atrás, en la que todos tengamos las mismas oportunidades de partida, en la que los gobernantes busquen el bien común y donde no haya un solo niño más caminando descalzo como prueba viviente de nuestro fracaso.

 

 

 

Últimos artículos