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Mesas 900 vs. Mesas del extranjero: la doble moral que nos une

Extremo Centro. Mientras a la derecha radical le encanta decir que los votantes del interior merecen sufrir el comunismo como castigo por su voto, la izquierda propone que los peruanos en el exterior deberían regresar a vivir in situ el autoritarismo de sus opositores, también como castigo.

Por René Gastelumendi

Cruel paradoja, ironía colosal que desnuda por igual el cinismo de nuestra derecha radical y de nuestra izquierda ideológica. Básicamente, todos nosotros en algún punto. Admitámoslo, es imposible escapar de esta contradicción tan peruana. Me refiero al tratamiento que les dan, respectivamente, a los votos de las mesas 900 de la sierra rural y a las mesas de votación en el extranjero. Es casi un espejo exacto de intolerancia, que puede ser graficado en el forzado arquetipo de, por ejemplo, un imposible Cangallo versus Miami.

Empecemos por la derecha. Cada vez que a un analista de televisión o de redes se le escapa, con total naturalidad, que una mesa de votación andina o con altos índices de analfabetismo —como las famosas mesas 900— jamás podrá "votar tan bien, con poco voto nulo" como una mesa urbana, lo que está haciendo no es ciencia política; está reviviendo el voto censitario del siglo XIX. Está escupiendo la rancia convicción colonial de que el ciudadano rural carece de la capacidad mental mínima para discernir. En su narrativa inconfesable, el habitante de la sierra es un retrasado cognitivo cuyo voto malogra el esquema diseñado desde Lima. Para ellos, la exclusión material también te despoja del derecho a decidir y hasta a pensar.

Ahora crucemos la vereda. La izquierda de personajes como Pedro Castillo o Roberto Sánchez incurre exactamente en el mismo pecado político, pero al revés. Esta izquierda, que se llena la boca hablando de la dignidad del pueblo, activa de inmediato su propia lógica excluyente cuando todo indica que ha perdido las elecciones fuera de nuestras fronteras. Como la diáspora peruana suele votar mayoritariamente por opciones de derecha o promercado, los líderes izquierdistas no dudan en deslizar, de manera solapada o abierta, que el voto de los peruanos en el extranjero "vale menos" o "no cuenta igual" porque "ellos no viven la realidad del país".

Mientras a la derecha radical le encanta decir que los votantes del interior merecen sufrir el comunismo como castigo por su voto, la izquierda propone que los peruanos en el exterior deberían regresar a vivir in situ el autoritarismo de sus opositores, por los que votaron, también como castigo.

La ironía es perfecta: son como las mesas 900, pero con el signo político invertido. Es la misma tara, la misma impugnación, con distinto color. Como dice el lugar común: dos caras de la misma moneda. Para la derecha radicalizada, el agricultor de Puno o Ayacucho es un "ignorante"; para la izquierda radicalizada, el migrante que trabaja en Madrid, Santiago o Miami es un "privilegiado desconectado sin derecho a decidir", es decir, también un "ignorante". Ambos desprecian el voto que no controlan.

El colmo del cinismo llega con las herramientas para la pataleta. Este miércoles vemos a esa misma izquierda apropiarse, sin ningún pudor, del libreto de sus peores adversarios: ahora son ellos los que salen a hablar de "defender los votos" y a agitar el fantasma del "fraude". El mismo guion de deslegitimación que tanto le criticaron a la DBA en el pasado. Al final, ambos bandos pretenden graduar la calidad de la ciudadanía y la validez de las instituciones según les convenga el resultado en las urnas.

Es como una tara cultural compartida. Se usa el innegable fracaso de los líderes locales de un lado, del sur andino, o el éxito individual del migrante lejano del otro, como coartadas perfectas para justificar el desprecio hacia el juego democrático y, lo que es aún peor, hacia el otro. Nos deshumanizamos mutuamente. De fondo, el eterno e interminable conteo de la ONPE, arreando la bronca de barrabravas con el cuchillo en la boca.

Lamentablemente, las segundas vueltas peruanas, particularmente apretadas, son gasolina para la polarización. Nuestra clase política, gran parte del periodismo y el mismo electorado seguimos tratando los procesos electorales como una guerra de sometimiento donde el voto del rival debe ser invalidado moral o legalmente. La respuesta ante la fractura nacional ya no puede seguir siendo la pataleta del fraude y graduar el valor de un peruano según su ubicación geográfica.