Respetar hasta el último voto procesado por la ONPE

Corresponde a todos los peruanos aguardar al conteo final y sostener así la democracia fortalecida por la participación electoral.

Hay momentos en la historia de un país en los que no caben ambigüedades. Este es uno de ellos. Hoy, cuando el conteo aún no concluye. Eso quiere decir, fundamentalmente que cada acta contiene la voz concreta de un peruano, de una peruana. En ese sentido, el país exige una sola conducta: respeto absoluto hasta el último voto procesado por la ONPE.

El Perú ha vuelto a dar una señal que muchos subestiman. La participación ciudadana supera la registrada en las elecciones generales de 2021. Ese dato expresa una decisión firme: la ciudadanía ha legitimado el proceso. A pesar de las lamentables irregularidades que requieren, además de investigaciones rigurosas y céleres, todo el peso de la ley, no se puede ignorar que millones de peruanos han acudido a las urnas con la convicción de que el rumbo del país merece ser disputado en democracia.

Ese compromiso sostiene y anima la persistencia en la construcción de una República superior.

Las fallas registradas en 13 mesas de Lima Metropolitana establecen una tarea inmediata: la obligación del Estado de investigar con rapidez, transparencia y rigor. Solo a partir de la claridad en estos hechos, quien resulte ganador al final de la contienda podrá gobernar con un piso mínimo de legitimidad. La ciudadanía exige respuestas y estas páginas editoriales insistirán en ello.

Mientras ello ocurre, el proceso electoral sigue su curso y el país requiere responsabilidad. Cada acta procesada representa una decisión ciudadana que merece reconocimiento pleno. La ONPE cumple una función esencial en la garantía de esa voluntad. Su labor constituye un pilar de la institucionalidad democrática.

Desde La República reafirmamos el deber republicano que no admite excepciones: reconocer al otro. Al que piensa distinto. Al que vota distinto. Al que gana y al que pierde. La democracia encuentra su sentido solo a partir de ese reconocimiento.

El Perú se expresa en cada voto. Allí conviven la desconfianza, la expectativa y la voluntad de encontrar rutas hacia el desarrollo. No existe una sola visión de país, pero sí una decisión compartida: avanzar sin dejar nadie atrás.

La ciudadanía ya cumplió. Ha participado más, ha insistido en hacerse escuchar y ha reafirmado su compromiso con la democracia. Ahora corresponde a las instituciones y a la dirigencia política honrar esa decisión. Por eso es inadmisible los relatos fraudistas. Contra ellos, la evidencia.

Respetar hasta el último voto no admite matices. En cada voto se sostiene la democracia. Allí se define, con tesón, la voluntad del Perú.