René Gastelumendi. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
Salvo la locura o la razonada posibilidad de un autoaislamiento por hartazgo, la política peruana es como una novela de suspenso que ningún autor sabría como terminarla. A solo tres meses de las elecciones, el panorama es un abismo de incertidumbre que nos define mejor que cualquier estadística: más de la mitad del país todavía no sabe por quién votar. Nos llaman indecisos o desconfiados, pero hay algo casi místico en ese silencio. No es falta de opinión; es que nos hacemos de rogar porque el voto es el único gramo de poder que nos queda ante la desolación de la oferta.
Esa "indecisión" es un mecanismo de defensa. En una sociedad plagada de culebrones políticos y con las balas y los explosivos de la inseguridad ciudadana como un ruido de fondo que lo amenaza todo, el elector peruano se ha vuelto más enigmático que de costumbre. Lo que estamos viviendo no es un proceso de elección, sino una operación de descarte. Y el descarte, por definición, es un proceso lento. Por eso nos demoramos tanto en crear una tendencia clara de intención de voto. No estamos buscando un camino al desarrollo; estamos gestionando una ansiedad colectiva para ver quién nos hará menos daño o quien nos fregará menos.
Votar por control de daños es una frase terrible, pero honesta. A tres meses del día D, no buscamos al estadista ni a un mesías ofrecido, sino al bombero que quemará menos muebles mientras intenta apagar el incendio que siempre puede producirse porque siempre hay combustible.
Votar es un ejercicio de cinismo preventivo: elegimos al "menos malo" para blindar el ánimo ante la decepción que, sabemos, llegará tarde o temprano. Al fin y al cabo, si la democracia es el "menos malo" de los sistemas, hemos decidido que nuestro voto sea el menos malo de nuestros errores. Es decepcionante empezar un proceso electoral sabiendo que el éxito no es que el país crezca, sino simplemente que no termine de romperse.
Nadie convence, nadie moviliza, nadie entusiasma, más allá de sus cámaras de eco; todos están bajo sospecha. En este tablero, las pulsiones tiran de la cuerda desde dos extremos invisibles. Por un lado, está el miedo: ese rugido sordo provocado por la delincuencia que nos empuja a buscar, casi a ciegas, una "mano dura". Por el otro, está la reivindicación: ese voto silencioso del interior que no aparece en los grupos de WhatsApp de Lima. Es el voto oculto que no busca gestión, sino respeto; un grito de existencia que suele dar la sorpresa cuando los analistas ya creen tener todo resuelto.
En ese valle de dos cuencas transitamos, pero el descarte peruano esta vez tiene una cláusula final de masoquismo: votamos sabiendo que nuestro elegido podría no terminar el mandato. En nuestra bitácora mental, ya damos por hecho que el próximo presidente podría terminar vacado por el Congreso o preso luego por corrupto. Votamos con la sentencia de muerte política ya redactada. Abril del 2026 no será una elección de futuro; será el último acto de supervivencia de un electorado que deshoja margaritas marchitas y que vota para no morir.

René Gastelumendi. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.