Opinión

Motor y motivo

"El Grupo 5 fue fundado en Monsefú, Lambayeque, pero une las músicas de pueblos, de regiones, de terruños que han tejido el gran canto nacional que viene de antiguo, y que hoy guardan proyección desde las perspectivas de las identidades nativas y su diáspora en los sonidos del futuro que en el Perú es destino y sustancia".

Eloy Jáuregui
Eloy Jáuregui

Más de 150 mil personas se reunieron hace tres días en el estadio de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos por la celebración de los 50 años del Grupo 5. Sucede que yo vivo al frente y me tuve que soplar estos conciertos populares con feria de comidas, bebidas y una bulla de los mil diablos de una multitud de limeños que llegaron desde Los Olivos, Comas y San Juan de Lurigancho.

El escenario era apoteósico y las entradas valían entre 200 y 400 soles. Así que ya se imaginan la ganancia de los promotores de una orquesta de cumbia, merengue y reguetón de una música que hoy bailan chicos y grandes diseñada para la pasión de la vida y la muerte. El goce, la danza, el sueño. Y también el duelo, la eternidad y aquello de los amores inolvidables.

El Grupo 5 fue fundado en Monsefú, Lambayeque, pero une las músicas de pueblos, de regiones, de terruños que han tejido el gran canto nacional que viene de antiguo, y que hoy guardan proyección desde las perspectivas de las identidades nativas y su diáspora en los sonidos del futuro que en el Perú es destino y sustancia.

Ritmos que hoy están de moda como los cómicos ambulantes o los programas sabatinos de la televisión que me hacen recordar las miasmas del fujimorismo con sonidos espectrales no correspondidos en el magma de las investigaciones sociales y científicas. Y el fenómeno es trasversal donde figuran la proliferación de ritmos y la expansión de sonidos.

Y la cumbia en el Perú bien podría remitirnos a un mate burilado de sonidos o una pollera andina del que operan en los inveterados procesos de la forja de identidad. Músicos y cantantes, Chacalón o Los Shapis, que habitan en ese desarrollo como trazo conductor, sus hazañas, sus lamentos en un proceso que a diario se inventa y reinventa y genera la cultura popular en el Perú. Lástima que luego de la fiesta solo queda la basura de los ambulantes.

Poco, casi nada se ha escrito al respecto y el movimiento está ahí, inmarchitable. Gesta popular sin origen transparente por profuso. Vestigio de una música que era pariente de la cumbia colombiana, pero que usó desde siempre la base rítmica cubana y, sobre todo, el espíritu transgresor de los andes peruanos, de las desérticas costas norteñas; y aires que vienen directamente del huayno, acaso también del pasillo, y que se presenta como summa del sentimiento provinciano en Lima y otras urbes. Bien, me quedo con el sonido y ruego que no haya más conciertos.

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