Opinión

Nuestra democracia bajo ataque, por Patricia Paniagua

“Otro factor a sumar es el papel de los medios de comunicación masivos frente a su responsabilidad de informar con precisión...”.

Paniagua
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Nuestra democracia se encuentra en una situación de asedio constante, es decir, bajo un ataque permanente de sectores interesados en debilitarla, en favor de sus intereses.

Aunque este fenómeno no sea exclusivo de nuestro país y, más bien, la tendencia a nivel mundial de cuenta de un debilitamiento importante de las democracias, desde las más sólidas a las más endebles, lo que sucede en nuestro país nos merece especial atención.

Como punto de partida son muy serias causales del debilitamiento de nuestra democracia la inexistencia de partidos políticos, el quiebre de la confianza ciudadana en la clase política y la crisis de representación que atravesamos, con representantes cuya probidad e idoneidad están en permanente y motivado cuestionamiento y que, lejos de ser portavoces de una agenda ciudadana, tienen la suya propia. Esta agenda de intereses particulares tiene, sin lugar a duda, como norte aglutinador el obtener y retener el poder a toda costa, así ello implique distorsionar, cuestionar y socavar los principios, equilibrio, instituciones y normas sobre las que se sostiene la democracia.

Este es el caso de una mayoría congresal que, a pesar del momento crítico que vivimos y del cual es corresponsable, lejos de allanarse y escuchar lo que la ciudadanía demanda, persiste en una escandalosa arremetida en la que ya no importa el número ni tamaño de las deformaciones que deban hacer a la Constitución vigente, si de acomodarla a sus intereses se trata. En este nuevo momento, se percibe cierta sintonía y comodidad de un Ejecutivo que ha empezado a cederles espacio e, inclusive, a avanzar de su mano.

A este complejo escenario hay que sumarle, como otra amenaza, el clima de polarización política que favorecen estos actores con sus discursos, en los que prima la confrontación y la descalificación. Este clima hostil para el diálogo no permite dar lugar a consensos mínimos para la construcción conjunta de un rumbo claro sobre el que avanzar. Prueba de ello, es el llamado de “paz” que surge sobre la base del antagonismo entre quienes “quieren la paz” y el señalamiento de las voces disidentes como nocivas al punto de la estigmatización, el “terruqueo” y hasta la criminalización del derecho a la protesta.

Otro factor a sumar es el papel de los medios de comunicación masivos frente a su responsabilidad de informar con precisión, en atención a su rol de generadores de opinión y la necesidad de promover de espacios de debate para la deliberación pública.

Estas amenazas latentes plantean un serio riesgo para nuestra democracia. Corresponde a la ciudadanía tomar conciencia que ella no se restringe al voto, sino que es, básicamente, el diálogo y consenso para recoger sus demandas y garantizar una agenda que atienda sus necesidades.

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