Opinión

El arquitecto Córdova

“Además de un gran maestro, fue decano de la Facultad de Arquitectura de la UNI. Promovió el debate y la investigación sobre temas urbanos”.

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Lo conocí cuando yo aún era una niña. Años después descubrí que, además de padre y abuelo, Adolfo Córdova era un urbanista, un amante de la ciudad, un defensor del espacio público y del derecho a la vivienda. Además de un gran maestro, fue decano de la Facultad de Arquitectura de la UNI. Promovió el debate y la investigación sobre temas urbanos desde que él era estudiante. Fue uno de los fundadores de la Agrupación Espacio, reivindicando el rol de la arquitectura y el arte como agentes de cambio. El compromiso de Adolfo con la transformación social y la justicia lo llevó a ser parte del Movimiento Social Progresista junto a los hermanos Salazar Bondy y Matos Mar.

Durante la Junta Militar de Gobierno, en el año 1962, fue convocado para formar parte del equipo encargado de elaborar el proyecto de reorganización territorial. El trabajo que el equipo desarrolló llegó a un anteproyecto de Ley de Municipalidades y Regiones del Perú. El centro del proyecto residía en la posibilidad de una verdadera descentralización del país, rompiendo con la hiperconcentración de poder político y económico de la capital.

En una de nuestras últimas conversaciones, en la que me regaló una copia del proyecto, me decía que la descentralización en el país había fracasado porque se habían transferido recursos económicos, pero no se había transferido poder real a los territorios, a los gobiernos de las ciudades. Eso, decía Adolfo, era lo que generaba corrupción e impedía un verdadero desarrollo urbano.

Si usted leyera hoy La vivienda en el Perú, vería que no ha perdido vigencia. Nuestras ciudades, siguiendo el terrible patrón de urbanización de Lima, no desarrollan políticas de vivienda social, por el contrario, regidas principalmente por el poder especulador de los dueños del suelo, expulsan a los márgenes a sectores populares que no pueden pagar lo que el mercado produce. La autoconstrucción de viviendas precarias y la formalización de invasiones en zonas de riesgo es la norma.

Lejos de captar parte del valor que se genera con el crecimiento de las ciudades y destinarlo a construir vivienda social y mejorar espacios públicos, el Estado y los municipios permiten que las ganancias se privaticen íntegramente, engordando en particular los bolsillos de los dueños del suelo. Esto debía cambiar en parte con la nueva Ley de Desarrollo Urbano Sostenible, ley que Adolfo saludó cuando fue publicada. Pero antes que se empiece a aplicar, en el Parlamento ya hay proyectos como el de la congresista Yarrow que buscan desnaturalizarla. Ojalá no lo logren.

Ávido lector, estuvo al día de la coyuntura política, social y cultural del país hasta sus últimos días. Ayer, después de 98 años de vida activa y comprometida, nos dejó físicamente. Pero su legado perdurará, no solo por el impacto que ha dejado en quienes lo conocimos, sino por su obra que nos trascenderá.

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