El prosor en su nube
“A estas alturas, solo cabe presumir que Castillo vive en una nube de negación y autocomplacencia, que le impide ver la tormenta que se le viene encima”.

Es bastante improbable que el presidente Pedro Castillo haya sido un pequeño fan de Nubeluz, pero, como los personajes del legendario programa infantil, muestra una gran inclinación por habitar en las nubes. Mientras el país se desmorona alrededor suyo (y por causa suya, en gran parte), el jefe de Estado prefiere ir a cortar cintas de inauguraciones que nadie recordará, bailar en fiestas cajamarquinas como si no hubiera mañana y dejar para después cualquier problema que pueda ensombrecer su mundo glúfico.
En eso, nos hace recordar, más que a ningún otro antecesor suyo, al ya fallecido presidente Fernando Belaunde, quien, en su segundo gobierno, dejaba pasar toda clase de trapacerías de gente de su entorno, mientras se la pasaba hablando sobre hadas y unicornios.
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Don Fernando, cuya honorabilidad personal nadie puso jamás en duda y que era dibujado, por los caricaturistas, siempre trepado en una nube, era, sin embargo, de lo más distraído cuando se trataba de afrontar corruptelas de funcionarios suyos, como el famoso escándalo de las cárceles sobrevaluadas (Caso Guvarte), el robo en el “rescate” de Bancoper o los casos de narcotráfico que derivaron en el escándalo de Villa Coca.
No hay, hasta el momento, indicios serios que comprometan al presidente Castillo en las corruptelas que se han denunciado en su gobierno (desde las andanzas de la otra Señora K —Karelim López— hasta los cupos por ascensos y traslados en la policía), pero es igual de grave, para un gobernante, vivir disociado de la realidad y hasta alardear de que no ve las noticias.
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A estas alturas, solo cabe presumir que Castillo vive en una nube de negación y autocomplacencia, que le impide ver la tormenta que se le viene encima. Eso, o la alternativa más siniestra: que no viva en ninguna nube y sepa perfectamente lo que ocurre en su entorno, pero que esté optando por hacerse el desentendido, el sueco, el caído del palto, para evitar, desde ya, que las responsabilidades lo alcancen. Vano intento.




