Marisa Glave

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Momento constituyente

Como dicen las redes, esta Constitución es el último horrocrux de Fujimori. Dejemos que llegue la #ConstituciónDelBicentenario.

Al declarar “sustracción de la materia”, en la acción competencial por el uso de la causal de incapacidad moral permanente, cuatro de los magistrados del TC se vuelven una fuerza destituyente, sin haberlo pensado. Han puesto en jaque –algunos pensamos en jaque mate– a la Constitución nacida del golpe de Fujimori, exponiendo uno de sus principales vacíos.

Con esta decisión le echan más leña al fuego de la tensión política, aunque Blume diga que hacen lo contrario. Y permiten que muchas personas, no solo de izquierda, admitan que esta Constitución es una bomba de tiempo.

En todo este período de gobierno, desde el 2016, ha quedado claro que los arreglos organizativos e institucionales que nos da el texto constitucional, por ejemplo, en los contrapesos entre el Legislativo y el Ejecutivo no dan más. Se intentó una reforma política que incluía –de manera rápida y sin mayor debate– cambios en mecanismos de control entre ambos poderes, así como el retorno a la bicameralidad. No procedió. No solo porque el anterior Congreso era “el peor Congreso” –hasta que llegó este que disputa el título– ni porque suponía tantos parches al texto existente que alojaba varias contradicciones dentro, sino porque no era fruto de ningún debate social real. Un grupo de expertos pensó que era lo mejor, pero no se trasladó el debate a la ciudadanía.

En esta pandemia, que nos ha golpeado llevándose miles de compatriotas y dejando a muchas familias al borde de pobreza, vimos los límites del Estado para tomar decisiones que, seamos sinceros, hasta Chile tomó. Debates tensos sobre si se podía o no intervenir clínicas privadas o impedir la especulación de precios. Muchos de ellos empezaban con “la Constitución no lo permite”, o los más flexibles lanzaban alertas como “acá podrían estar cruzando un límite constitucional”. El límite que se cruzó fue el de la paciencia de la gente, que no entiende cómo es que el mercado y los intereses privados pueden tener más garantías constitucionales que la salud y la vida de la gente.

Las inmensas movilizaciones, cargadas de indignación ante un golpe que combinaba autoritarismo con defensa de intereses subalternos, han abierto un momento nuevo. Yo sí creo que uno constituyente, pues los gritos de la juventud en las calles no eran para “volver al pasado”, eran reclamando un futuro diferente.

Sé que a muchos les asusta incluso oír la palabra CONSTITUYENTE. Prefieren lo viejo conocido que lo nuevo por conocer. Y se entiende la suspicacia que despiertan los partidos hoy existentes a quienes no les dejaría escribir ni la carta de un restaurante, menos una Constitución. Pero la que tenemos no da más y si seguimos negándolo, su caída será peor y con consecuencias que lamentar.