Hernán Chaparro

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La otra orilla
Profesor e investigador de la Universidad de Lima.

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El ojo del elector

“Por eso un asesor de campañas políticas decía que para entender al electorado había que ver las novelas de mayor éxito y los diarios populares de mayor lectoría...”.

Un modelo clásico para entender el comportamiento electoral consideraba que el mismo estaba influido por tres elementos: la identificación partidaria, la imagen de los candidatos y los temas de interés de la campaña.

La crisis de las ideologías y de los partidos recorre el mundo, pero Perú es, desde hace un buen tiempo, ejemplo de una democracia sin partidos. Dicho de otro modo, la identificación partidaria positiva no es hoy un elemento importante en la decisión de voto. En el mejor de los casos, la marca partidaria podrá tener un peso en tanto define una imagen de qué quiere una agrupación, o por lo menos le permite imaginar eso al elector y proyectar sus deseos y valores. Las identidades partidarias estaban en crisis, pero había algunas marcas. Lo ocurrido durante este Congreso puede que haya impactado negativamente en una de las pocas marcas que se mantenía alejada del desgaste causado por las denuncias de corrupción (Acción Popular) y puede que esté ayudando a perfilar otras (FREPAP y UPP) pero su devenir electoral parece que igual estará muy influido por el candidato presidencial que finalmente presenten. Es más, debido a todas las denuncias por corrupción, ser identificado como un partido que tiene trayectoria puede que implique ser asociado con un pasado que hoy muchos rechazan porque lo asocian a abuso y malos manejos. En ese sentido, influirán más las actitudes anti partido (con nombre y apellido) y, sobre todo, las llamadas anti establishment (contra todo lo visto como parte del sistema partidario tradicional).

El peso de la imagen y performance del candidato, así como los temas de la campaña ocuparán por lo tanto un mayor espacio. La importancia de la imagen del postulante a mandatario en un proceso electoral ha llevado al desarrollado de investigaciones que permiten ver cómo la población tiende a sentir afinidad por personas que se perciben como semejantes en algún aspecto de su personalidad. Dicho de otra manera, el votante se convierte en una suerte de interprete de gestos y comportamientos no verbales buscando identificar si el postulante tiene o no las características que espera de alguien en estas circunstancias. Todo esto le da más peso a la forma en que el candidato aparece en los medios tradicionales y sociales. De ahí que en los debates que suelen darse al final de la campaña (momento donde la gente recién presta atención a las elecciones), muchas veces sea más impactante el gesto y el estilo de personalidad que se transmite que el contenido del mensaje presentado. Y esto está vinculado con la importancia de los temas de campaña. Hay asuntos que vienen de atrás (corrupción, inseguridad ciudadana) otros que son más cercanos (manejo de la pandemia y reactivación económica) y los que surgen en el momento (denuncias, juego sucio y errores de candidatos). Estos últimos influyen más en la percepción del postulante como capaz o no, como confiable o no para resolver lo que preocupa.

La relevancia que se da a los temas y los ataques al final de la lid electoral depende del momento, pero también de los valores e identidad social existentes. Las identidades partidarias positivas no pesan, pero las identidades sociales sí. Por eso un asesor de campañas políticas decía que para entender al electorado había que ver las novelas de mayor éxito y los diarios populares de mayor lectoría.

En general, comprenderlo viendo como es en espacios no políticos porque es ahí donde se conoce a quién tomará una decisión.

El votante elige al que cree que tiene las características más adecuada para enfrentar los problemas que se perciben como más relevantes para él o ella. Una dinámica interacción entre tendencias sociales y circunstancias de campaña inclinarán la balanza hacia uno u otro lado.