Un manifiesto progresista
“El progresista, no el ‘progre’, también debe convencer al otro extremo, a los conservadores de derecha –esos que nos llaman ‘rojos’...”.

En el debate político reciente, la izquierda y, sobre todo, la autodenominada izquierda moderna y democrática, pretende apropiarse del discurso progresista y monopolizarlo, para así arrogarse la representación del bienestar social.
Para ello, la izquierda local hace una maroma y pretende olvidarse, por ejemplo, que, bajo los consabidos ejemplos vigentes de gobiernos izquierdistas como Cuba o Venezuela, no se respetan varias banderas del progresismo: derechos LGTBQ, enfoque de género, ddhh, legalización del cannabis medicinal, etc. En esos países ni son progresistas ni hay progreso. El “progre” de izquierda es “antifascista” pero no tiende al “anticomunismo”.
Propongo un progresismo que se oponga a todo tipo de autoritarismo y que su “revolución” sea el consenso sobre la base de la evidencia científica y, cuando no la hay, interpretar el desacuerdo de manera abierta, no restrictiva. Para resistir el fuego cruzado de los extremos, que nos llaman “tibios”, propongo parapetarse ideológicamente, frente a la izquierda, en lo liberal clásico, como el de Adam Smith, a quien le quedaba claro el rol subsidiario y responsable del estado capitalista en aquellas actividades en las que lo privado no propicia la igualdad de oportunidades: educación, salud, seguridad, transporte, etc., luego de que todos paguemos nuestros impuestos. Solidaridad.
El progresista, no el “progre”, también debe convencer al otro extremo, a los conservadores de derecha –esos que nos llaman “rojos” o “tontos útiles de la izquierda”–, de que la mano firme no es mano dura, de que los ddhh son universales, de que sí existe cambio climático acelerado por la actividad humana, de que por el hecho de reconocer derechos a las minorías no se le quita ninguno a nadie, de que un estado laico nos evitaría caer en discusiones metafísicas como determinar el momento en que se inicia la vida humana y la intromisión, de los respetables credos, en las políticas públicas.












