
Por: Pilar Ortíz de Zevallos
El rostro urbano de la ciudad de Lima no sufrió mayores cambios durante las primeras décadas de su joven vida republicana. La agitación política que padecía el país después de la etapa de la independencia, marcada por continuos alzamientos y revoluciones, así como por guerras civiles, motivaron que la capital conservara -o se resistiera a cambiar- durante esos años el sello urbanístico del período colonial.
Afianzada nuestra independencia después de vencer a los españoles en su intento por recuperar sus colonias, en el combate del 2 de mayo de 1866, el Perú entró en un periodo pacífico de bonanza económica. Empezó la etapa de los empréstitos y de la construcción de ferrocarriles, “… una época muy análoga a la prosperidad del boom en los EEUU de 1929”, según Basadre.
Durante el gobierno del presidente Balta (1869) se convocó a licitación para demoler la muralla que protegía la ciudad de Lima. El ganador de la convocatoria fue Enrique Meiggs, ingeniero norteamericano, gran impulsor de obras públicas, quien se encargó de derribar la muralla sin cobro alguno, pidió a cambio la concesión de tierras limeñas aledañas al mar. Meiggs fue el primero que tuvo la visión de acercar la capital a su costa. Su plan fracasó y la ciudad tuvo que esperar muchas décadas para que el sueño de Meiggs se hiciera realidad.
El derribo de la muralla se debió al crecimiento de la población limeña, que en 1860 comprendía 120,000 habitantes, y a los nuevos conceptos urbanísticos traídos de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Su destrucción simbolizaría el fin de la ciudad colonial. Lima vio surgir detrás de la desaparecida muralla espacios urbanos desconocidos hasta ese momento. Así fue que aparecen nuevos lugares recreativos como parques, monumentos, plazas, junto a nuevas construcciones como el Palacio de la Exposición y el trazado de grandes avenidas, todo lo cual le dio a Lima un rostro más moderno y cosmopolita.
Sin embargo, estas iniciativas de los limeños por ampliar sus espacios y construir una relación más armoniosa con su entorno, no implicaron una mayor integración de sus pobladores, ni la desaparición de las desigualdades. La inversión hecha en obras y en el trazado urbano no reposó sobre bases sólidas ni en el terreno económico ni en el socio-cultural. Las frágiles instituciones del Estado no supieron aprovechar el buen momento económico, y el dinero prestado por Dreyfus se esfumó en proyectos de obras públicas en vez de ser invertido en educación, salud, viviendas. El sueño de la gran obra material como panacea del desarrollo, en la década siguiente se convirtió en una pesadilla en donde la crisis económica, política y social convirtió el deseado progreso en una fantasía.
Hoy en las puertas de celebrar el bicentenario de la independencia, nos encontramos con una Lima que no llegó todavía a albergar de manera segura y confortable a su población. Nuestra capital refleja las dificultades que tenemos en convertirnos en una república de ciudadanos, los diversos antagonismos que nos separan no nos permitieron hacer de nuestra capital un proyecto en común. Hallamos en ellas murallas invisibles y simbólicas que separan a su diversa comunidad.





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