Accomarca: el Perú espera hoy una sentencia histórica

Fallo será histórico porque es el único caso en el que militares de alto grado han sido identificados y judicializados.

31 Ago 2016 | 3:29 h

Hoy una sentencia en el Perú debe marcar historia. Si los jueces Ricardo Brousset, Mirtha Bendezú y María Vidal hacen bien su trabajo -a conciencia y sin presiones o prebendas- oiremos la condena a 27 militares acusados del asesinato de 69 peruanos a los que metieron en una casa y explotaron con granadas. Entre ellos 30 niños, 27 mujeres previamente violadas y 12 hombres. De esa matanza de 69 resultaron 189 huérfanos. Será histórica porque es el único caso en el que toda la cadena de mando de militares de alto grado han sido identificados y judicializados (con la importante excepción de los crímenes del Grupo Colina). En el que la estructura militar completa ha quedado en evidencia, desde las órdenes para el plan de ejecutar a los comuneros de Accomarcca, a sus esposas y a sus pequeños hijos.

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Si los jueces Ricardo Brousset, Mirtha Bendezú y María Vidal hacen lo que las leyes y la conciencia dictan, la sentencia debería ser ejemplar contra estos asesinos uniformados. Desde el General del Ejército Wilfredo Mori Orzo, entonces Comandante General de la II División de Infantería y responsable de esa zona, pasando por toda la cadena de mando hasta los entonces subtenientes Juan Rivera Lazo y Telmo Hurtado. Porque solo así se honrará el uniforme de tantos otros militares que cumplieron con el país sin exterminar a inocentes.

Ha sido precisamente Hurtado, el apodado “carnicero de los andes” quien más ha aportado a descubrir lo que Mori y su gente trató de encubrir desde un primer momento. Hurtado ha contado con detalles los preparativos de la operación de ejecución de la que participó “siguiendo órdenes superiores”. Hurtado, que fue extraditado de los EEUU, confesó que sus superiores lo convencieron de asumir toda la responsabilidad para no dañar la cadena de mando en la lucha antisubversiva y no “perjudicar a los oficiales que planearon la operación”. Por eso durante los inauditos 5 años que ha durado el juicio, Mori y sus subordinados –haciendo espíritu de cuerpo contra Hurtado- no se cansaron de repetir, primero, que Hurtado se desquició, y luego que él actuó solo, por propia decisión. Como si un soldado solito pudiera asesinar a todo un pueblo por decisión y cuenta propia. Mori asegura que nunca se enteró de nada porque Hurtado escribió en el parte de operaciones de ese negro día “sin novedad”. Como si las órdenes para ejecutar bebés, ancianas y embarazadas se pusieran en oficios.

Cinco años y nueve meses de juicio es un abuso que solo se acomete contra los más pobres y débiles. Sobre todo si median 31 años de ocurrida la matanza. La injusticia se repite. Contra quechua hablantes hoy en la tercera edad, sobrevivientes de la masacre que llevan más de un lustro soportando la displicencia de los jueces que llegan tarde recortando sus tiempos de audiencia, mientras son condescendientes con las abusivas artimañas de los abogados defensores de los 27 militares que se han reportado sistemáticamente enfermos, dilatando el proceso. De las casi 250 audiencias, por lo menos 30 fueron aplazadas.

El juez que duerme

Pude asistir -el miércoles pasado- a la última audiencia antes del esperado fallo de este miércoles 31 de agosto, justo en el mes en que se cumplen 31 años de la masacre. Entonces entendí por qué cuando el pueblo de Accomarca dramatiza el juicio cada aniversario, el juez siempre sale durmiendo. Sentado en una silla de cuero negro en el frente y medio de la sala, el Dr. Brousset se esfuerza todo el tiempo por no quedarse dormido. Sabe que hay prensa mirándolo. Apoya su cabeza con el dedo índice en el cachete, el brazo derecho sostenido en su codo sobre la mesa. Cuando empieza el sopor, segundos después, el juez se incorpora, se acomoda en la mullida silla negra de cuero, se jala el saco, se recuesta en la silla y allí va de nuevo, entrando en trance ante la voz marcial y monótona de Mori, que sigue repitiendo la defensa mancomunada contra Hurtado. Al juez Brousset le vuelven a pesar los párpados, Mori sigue recitando defensas anticlimáticas, Brousset lucha en desesperado silencio, sacudiendo el cuello de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, una y otra vez en intervalos de minuto y medio en los que los párpados vuelven a traicionarlo. Ver tantas veces repetirse esa escena en un lapso de casi tres horas es de tragicomedia.

¿Cómo es que el principal responsable de la sala, quien decidirá el destino de los acusados, quien debe actuar con justicia en base a las evidencias, pruebas y testimonios puede retener una idea completa si cada tanto es vencido casi patológicamente por el sueño? Quienes han asistido a todas las audiencias me aseguran que así ha sido la mayor parte del tiempo y que temen que el juez esté bajo algún tipo de tratamiento que no le permite mantenerse despierto, fresco y lúcido como el mínimo respeto a los deudos y a la impartición de justicia merece.

El general Mori tuvo el privilegio de tener tres audiencias solo para él y su  alegato de 170 diapositivas. Mori y los demás acusados se sientan en una fila de espaldas al público y frente a los jueces. Todos están metidos en una especie de caja de triplay con ventanal que asemeja a un antiguo y desvencijado televisor. Ellos están dentro de la pantalla, nosotros con el público miramos desde fuera sentados en duras bancas de madera. La sala de audiencias parece un cuarto improvisado en el penal Castro Castro. A Mori lo escuchamos claro porque hay micrófonos en la sala. Mori lee de su grueso anillado de 300 páginas con voz alta, afectada y marcial mientras todos lo leemos en el power point que la sala le ha permitido proyectar. Párrafo a párrafo, impecablemente redactado, subrayado, y resaltado en letras rojas sobre amarillo cuando quiere fijar una idea. Cada página del power point está cuidadosamente titulado y subtitulado, cortesía del Estudio Nakasaki. Cada vez que Mori se salía del libreto, el abogado del estudio Nakasaki giraba su cabeza casi 90 grados para mirarlo fijamente, como congelado en su severidad e impaciencia contenida, hasta que Mori regresaba a la lectura del mamotreto y a las mismas inverosímiles defensas: que la cadena de mando no sabía, que él no estaba enterado, que Hurtado actuó solo, que es un resentido y por eso los acusa. Y ofrece argumentaciones circulares como que era imposible que él supiera de las matanzas porque recién se enteró al llegar a Lima, días después. Su testimonio intentando ser evidencia de otro de sus testimonios. Hoy se sabe que algunos sobrevivientes de la matanza del 14 de agosto de 1985 incluso fueron asesinados un mes después por miembros del Ejército, entre el 8 y el 13 de septiembre justo antes de que llegaran a Accomarca dos congresistas a iniciar una investigación.

Honrando la justicia y el uniforme

Si los jueces Ricardo Brousset, Mirtha Bendezú y María Vidal hacen lo que su país, la justicia y la ética demanda, debe quedar sellado en su sentencia hoy que el comando militar de la Segunda División de Infantería del Ejército ordenó las ejecuciones. No solo que Hurtado como jefe de la patrulla Lince 7 confesó haber ejecutado a 30 de los pobladores y el resto fueron asesinado por el jefe de la patrulla Lince 6, Juan Rivera Rondón, sino que los dos siguieron órdenes superiores. Ni un día menos de los 25 años que ha pedido el Fiscal Landa para cada uno de los 17 responsables (10 aún están prófugos).


A casi seis años de este extenso proceso judicial, si esta vez hacen el trabajo para el que juramentaron, los jueces Ricardo Brousset, Mirtha Bendezú y María Vidal deberían dictar hoy una sentencia ejemplar e histórica que sea, ojalá, el inicio de una verdadera reconciliación entre FFAA y el Perú pobre y profundo, porque solo jueces probos y justos serán capaces de lograr que quienes asesinaron sin piedad, sin procesos, sin amparo de ley, sean castigados por justicia. Porque solo jueces probos y justos podrán hacer la diferencia en un país de indiferencia en el que la pita siempre se rompe por el extremo más débil. Porque solo jueces con conciencia social, con real sentido de justicia y responsabilidad histórica serán capaces de dar inicio a una reconstrucción del tejido social que de otra forma continuará roto e irreparado. Esperemos que la sentencia de hoy condene a todos los culpables, no solo a los operativos subtenientes -el confeso Hurtado y Rivera Rondón- sino a toda la cadena de mando que deshonró el uniforme y le falló a su país convirtiéndose en verdugos de familias enteras inocentes, o como dijo Mori “en vulgares asesinos”.

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