
Durante las últimas semanas, los peruanos hemos sido testigos de un estallido de racismo, clasismo, discriminación y violencia, todo junto, tanto que pareciera que la olla a presión que contenía a cierto sector de la población limeña ha estallado y embarrado todo de un caldo maloliente que contamina cualquier posibilidad de convivencia civilizada o diálogo mínimo.
Han sido varios casos y diversos detonantes (el posible triunfo de Verónica Mendoza en el Cusco, la violación de un adolescente por sus propios compañeros de colegio, el ataque homofóbico de un sujeto contra dos personas en un restaurante y hasta la obtusa medida de impedir cabellos largos, uñas pintadas o faldas cortas en los colegios), pero parece haber un hilo conductor con esa mentalidad retrógrada y represiva que late en el fondo del corazón de esos sectores.
Cuando, tras los resultados de las elecciones regionales, tres o cuatro oligofrénicos (luego rebotados por miles de sus congéneres en redes sociales) insultaron sin pudor a nuestros compatriotas del Cusco con argumentos como que la falta de oxígeno “los hace votar mal”, me vino a la memoria la fiebre racista que se desató en 1990 cuando el chinito del tractor pasó de ser un hipo estadístico a un rival serio para el candidato del establishment que era Mario Vargas Llosa.
El argumento era el mismo: los pobres no saben votar. Pero la discriminación alcanzaba al propio candidato que fue arrollado por el desprecio limeño. No podemos olvidar, por ejemplo, a don Enrique Chirinos Soto diciendo que el Perú no podía elegir a “un peruano de primera generación” sin “ningún antepasado peruano enterrado en suelo patrio”, y llamándolo Fujimoto en lugar de Fujimori.
Ya entonces se notaba a leguas que, cuando estos occidentales de segunda mano (Jorge Gonzales dixit) que son los voceros de las élites sienten miedo, el aire civilizado que suelen exhibir muestra el óxido y los modales se van al carajo. Pueden haber estudiado en las mejores universidades, pero su ausencia de cultura es clamorosa, porque el verdadero bagaje cultural está en reconocerse como parte de la humanidad y no como el único beneficiario de todos los privilegios.
La DBAR (Derecha Bruta, Aterrada y Rabiosa) es capaz de cualquier exceso, porque por su ADN todavía corre el legado de los terratenientes y capataces que explotaban y azotaban a los indígenas, a pesar de que estos poseían la misma libreta electoral y, a menudo, la misma estirpe, porque no se trataba de aristócratas de raigambre europea, sino de criollos que expoliaron las tierras de las comunidades por generaciones.
Por eso, la palabra “Velajjjcooo” (Velasco pronunciado a la limeña) todavía despierta escalofríos en alguna gente —y eso que, sin Velasco, Sendero Luminoso la habría tenido más fácil para hacerse del poder con su ideología asesina y sus métodos sangrientos— y ahora “Cujjjco” es el más reciente símbolo de su derrota como mentalidad y forma de ver el mundo.
Pero han sido las restricciones de, digamos, imagen en los colegios lo que ha sacado a la luz el autoritarismo de esta gente. ¿Cuál es el objetivo pedagógico de prohibir que los chicos y chicas usen el pelo largo, se pinten las uñas o se maquillen? Ninguno. Pero ha salido una caterva de retrógradas a aplaudir la medida, señalando que la disciplina del pasado los hizo mejores ciudadanos, en un autoelogio patético y engañado.
La vocación por el autoritarismo gratuito es todavía más evidente si tomamos en cuenta que hace solo unas semanas, en un colegio de gestión militar —el Liceo Naval—, se produjo una violación en grupo a un compañero de estudios. ¿Tuvo algo que ver el pelo largo o la uña pintada? No. Fue más bien la expresión de una crianza y una educación donde el abuso y el sometimiento del otro están normalizados.
Esta medida —pedagógicamente estúpida— y la defensa cerril que esgrimen muchos ciudadanos, confundiendo disciplina con una frívola restricción estética, nos demuestran que la democracia y las libertades han sido siempre, para ellos, una delgada pátina que se quiebra al menor temblor. Ahora, con esta medida —que huele mucho a cortina de humo—, estamos a un paso de exigir que vuelva la leva obligatoria o aquello de “la letra con sangre entra”, que resumía la pedagogía de nuestros bisabuelos.
Y en medio de todo este clima se yergue, como estatua viviente al abuso y el privilegio de clase, don Rafael López Aliaga, quien ha logrado (prepotencia y tinterillada mediante) hacerse reelegir como alcalde de Lima en contra de la prohibición expresa de la Constitución y por quien han votado en masa esos limeños para quienes la quiebra de la ley es una hazaña encomiable y una falda corta, un delito sin atenuantes.
No se trata de fenómenos aislados, sino de un nuevo giro “cultural” que pretende regresarnos al pasado, ese donde existían ciudadanos de primera y segunda categoría; en el que el color de la piel determinaba el trato que te daba el Estado; en el que toda diferencia —y disidencia— era castigada. ¿Lo lograrán? Imposible. El Perú ya es mucho más que Lima y esos sectores, estadística y socialmente, están lanzando sus últimos estertores.

"El Perú ya es mucho más que Lima y esos sectores, estadística y socialmente, están lanzando sus últimos estertores"

"Tal vez un día, en el futuro, podamos darnos el lujo de soñar con algo mejor: una sociedad en la que no se deje a nadie atrás"

“La prueba palpable de que los electores en nuestros países han sido tratados como bichos manipulables, borregos desprovistos de agencia propia”.

"En fin, cada que recuerdo las injusticias que ha sufrido la pobre Keiko me hierve la sangre"

"Ella sabe que el gran partido antifujimorista del Perú, ese que ha puesto a los últimos presidentes, está activado y que tendrá convulsión desde el primer día"