El resultado que el Perú tiene ante sí es claro en su mensaje. Dos candidatos separados por menos de un punto porcentual y un país dividido casi exactamente en dos mitades dicen algo más. El próximo gobierno nace con un mandato que las urnas precisaron con exactitud. Un mandato que abarca a quienes votaron a favor y también a quienes eligieron diferente. El mandato de gobernar para todos.
Esa aritmética ajustada es, en realidad, una oportunidad. El presidente o presidenta que asuma habrá llegado con la responsabilidad explícita de gobernar para quienes lo eligieron y también para quienes votaron distinto. Esa responsabilidad es una definición precisa de lo que el país requiere y de la clase de liderazgo que el momento exige. Los gobiernos que han entendido ese mandato desde el primer día han sido más sólidos, más duraderos y más capaces de transformación.
El punto de partida exige honestidad de quien resulte ganador. Ambos finalistas llegaron al balotaje con menos del 13% de los votos de la primera vuelta. Esa realidad contextualiza el resultado y precisa lo que se requiere para una mínima gobernabilidad: disposición a encontrar en quienes piensan distinto interlocutores legítimos y voces necesarias para construir un proyecto de país que convoque más allá del propio electorado.
La fractura territorial que el mapa electoral vuelve a dibujar refuerza esa lectura. Una Lima que vota de un modo y un Perú del interior que vota de otro es una diversidad que necesita gobierno. Las demandas que tiene son legítimas y quien administra el Estado debe atenderlas. Esa incorporación en su agenda construirá una mayor capacidad real de transformación.
En ese sentido, la fragmentación del Congreso bicameral que entrará en funciones puede transformarse en un incentivo real para la construcción de mayorías programáticas y el diálogo entre bancadas.
El Perú tiene ante sí un gobierno que, desde su primer día, contará con todas las razones para gobernar bien y para todos. De hecho, un resultado tan ajustado también es un dato positivo, ya que es una señal de vitalidad democrática y una invitación que muy pocos gobiernos peruanos, hasta el momento, han tenido la oportunidad de recibir. Estar a la altura de ella es, precisamente, la tarea que el momento ofrece y que el Perú y su futuro esperan.