Abogada. Excomisionada de la CIDH
Llegamos a esta segunda vuelta electoral entre la frustración y la desesperanza, cansados de la misma dicotomía perversa que nos hace cuestionar nuestras decisiones, discutir entre nosotros y sentir que nos vamos al abismo. En paralelo, a diario aumenta la violencia, los feminicidios se multiplican, los legisladores del desprecio se preparan para seguir dando batalla contra las mujeres y la inestabilidad abruma.
El voto es una decisión personal y cada quien sabrá cuál es su elección final. Sin embargo, ese voto no puede ser la expresión del desinterés e irresponsabilidad ante el futuro del país. El 7 de junio no termina un proceso; por el contrario, se inicia uno nuevo en el que se deberá asumir la responsabilidad de aceptar que tuvimos un rol en lo que está pasando y que, si queremos que las cosas cambien, nos esperan cinco años de esfuerzo, compromiso y empatía. Para ello, hay que tomar la decisión de encontrar un punto en nuestra complicada agenda política por el cual apostar, resistir y exigir decencia.
No puede volver a gobernarnos un acusado de violación sexual. No puede volver a hablarse de prostitución en el Congreso. No pueden seguir matando a jóvenes como los de Colcabamba ni sus familiares seguir mendigando justicia. No podemos indignarnos ante un nuevo caso de choferes asesinados para luego mirar al costado. No podemos permitir que las mujeres y niñas sean violadas a diario mientras inventan el término “ideología de género” para que sus vidas no cambien. No nos pueden manipular con la amenaza barata de salir del Sistema Interamericano.
Por eso, insisto, no vamos a cambiar el Perú, pero podemos construir una agenda personal que se sume a un colectivo que exija un cambio. Pero para eso se necesita el esfuerzo de informarse, la tolerancia para disentir sin odiarse y la valentía de creer que el país puede ser algo diferente. Parafraseando a Marco Martos, para que, si tuviéramos que hacerlo, eligiéramos de nuevo al Perú para construir nuestros sueños.