¿De qué paz hablan?, por Lucia Solis

“De qué paz hablan (…) si ahora, cuando se convoque a una manifestación, las peruanas y peruanos no tienen la seguridad de saber si llegarán vivos a casa”.

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En momentos de marchas ‘’por la paz’' impulsadas por el mismo Ejecutivo que permitió la muerte de más de 20 personas en las recientes manifestaciones en su contra, es necesario poner en duda esta sospechosa solicitud de calma. O sea, cuestionar cuál es la verdadera intención detrás, qué imaginarios se pretende reforzar y cuáles serían las consecuencias para las demandas sociales y la libertad de protesta.

Sucede con cada causa que busque revolucionar el status quo misógino, racista y clasista peruano. Si hay mujeres, personas LGTBIQ+, indígenas, ronderos o cualquier otra comunidad afectada por estas y otras violencias que alzan la voz y se movilizan exigiendo derechos, representación e igualdad de oportunidades, son acusadas y acusados de alborotadores, escandalosos, ociosos, irresponsables y de no tener empatía con el mobiliario público (paredes, estatuas, puertas y hasta cajeros automáticos) y con quienes ‘’sí quieren trabajar’'.

Sin embargo, lo que realmente es poco empático es la sumisión ante la toma de instituciones por la corrupción, el racismo detrás de los señalamientos políticos, la indolencia ante el desgobierno, el terruqueo y el nulo mea culpa por las familias que empezaron este nuevo año sin sus seres queridos a causa de la represión policial y militar.

Basta con ver los sucesos ocurridos en estas pocas semanas de gestión de Boluarte (que ya probó ser más de lo mismo) para confirmar que lo que está detrás de supuestas invocaciones a la paz no son más que la intención de silenciar, oprimir y estigmatizar a los ‘’nadies’'. A aquellas personas que ella misma dijo que defendería cuando juró como vicepresidenta el 28 de julio de 2021.

Con la criminalización de las protestas, las muertes y los pactos con la derecha fujimorista y sus aliados, el Gobierno no solo se pinta de cuerpo entero (ojalá fuera así), sino que refuerza imaginarios que terminan calando fuerte en la sociedad, generando más odio y división. Por ejemplo, la idea de que aislados actos de violencia invalidan todo un clamor popular, que la Policía es una institución respetable cuando está demostrado que han sido responsables de atentados a derechos humanos desde hace décadas y que, después de tantas crisis, reclamar con razón y de forma legítima es solo azuzar. Todo eso ya lo vimos antes y parece que no se aprendió nada.

De qué paz hablan si se terruquea desde el Ejecutivo, si no hay una clara separación de poderes, si hay un pacto implícito con quienes quitaron al país la posibilidad de un referéndum para una nueva Constitución; si ahora, cuando se convoque a una manifestación, las peruanas y peruanos no tienen la seguridad de saber si llegarán vivos a casa.