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Tolerantes a lo informal, por Mónica Muñoz-Nájar

“La informalidad golpea más fuerte a las poblaciones más vulnerables: mujeres, jóvenes, población con bajo nivel educativo”.

Por: Mónica Muñoz-Nájar (*)

Hace unos meses se preguntó a los peruanos (IPSOS-abril 2022) cuál consideraban los principales aspectos a priorizar por el Gobierno actual para el presente año, y solo el 8% respondió la reducción de la informalidad.

Parece ser que este puede ser un caso en el que los problemas del día a día no nos dejan preocuparnos por los temas estructurales, pues a pesar de que más de tres cuartos de trabajadores son informales, la cuestión de la informalidad no es urgente para la gran mayoría de los peruanos. Sin embargo, también podríamos argumentar que somos una sociedad con una alta tolerancia a la informalidad. Lo vemos cuando nos subimos a colectivos, taxis y combis informales, cuando no reclamamos que estén en planilla los trabajadores de la bodega donde compramos o del menú donde almorzamos.

Vivir en una economía informal nos trae una serie de problemas: cuando la mayoría de las empresas trabaja en informalidad, el Estado no recauda impuestos suficientes para poder dar más salud, más educación; el país mantiene una baja productividad porque las empresas informales no invierten tanto en tecnología ni en capital. Pero lo que es más preocupante aún son las directas consecuencias en la población: los trabajadores informales no acceden a un seguro de salud, a un sistema de pensiones que lo cuide en su vejez ni a ninguna protección social ni beneficios laborales. Asimismo, los trabajadores informales ganan menos que un trabajador formal: a fines del 2021 un trabajador formal ganaba 2,6 veces más en promedio que un trabajador informal. La informalidad golpea más fuerte a las poblaciones más vulnerables: mujeres, jóvenes, población con bajo nivel educativo.

Entre la población más pobre (el decil más pobre) solo el 3% de los trabajadores tiene un empleo formal. Esto contrasta con el porcentaje en la población más rica, donde hasta 66% trabaja en la formalidad (22 veces más que entre los más pobres). Las mujeres son informales en 6 puntos porcentuales más que los hombres, y los trabajadores con solo primaria son más del doble de probables de ser informales que aquellos que tienen una educación superior universitaria completa.

Es así que cuando no se aplican planes para reducir la informalidad, o peor aún cuando se toman medidas que incrementan la probabilidad de ser informal, se está excluyendo a la mayoría más vulnerable del país.

Entonces, esa informalidad que hemos aprendido a aceptar como parte inevitable de nuestro día a día castiga más a los más vulnerables y viene avanzando como enfermedad silenciosa en los últimos años: a junio del 2022 había un millón de trabajadores informales más que antes de la pandemia. Ya ocurrió una pandemia que expuso todas las falencias de nuestra sociedad informal. ¿Qué más debe ocurrir para empezar a tomar cartas en el asunto?

(*) Coordinadora de la Red de Estudios para el Desarrollo