Esa fea costumbre
Sobre cómo el ‘terruqueo’ contamina y arruina el debate nacional.

Desde hace algún tiempo, lanzar la palabra ‘terrorista’ como un dardo político sobre un adversario se ha convertido en un rudo deporte nacional. Se practica con insistencia febril en las redes sociales, pero también en la escena política y hasta en el Congreso. Sobre todo cuando se derrumban los argumentos.
Recientemente, por ejemplo, en el contexto de las protestas contra la Ley de Promoción Agraria en Ica, un empresario utilizó ágilmente el adjetivo para criticar a los trabajadores que protestaban. Y en los días de la marea social contra la presidencia de Manuel Merino no faltó quien atacara a los jóvenes con el mismo dardo.
No es un asunto ligero que solo merezca memes y contramemes. Se trata de un insulto mayor, de una literal calumnia contra personas que no solo nunca perpetraron actos violentos, sino que incluso fueron víctimas de las barbaridades de Sendero Luminoso (SL) o el MRTA, como ocurrió con algunos líderes democráticos entre los 80 y 90.
Detener esa errática costumbre pasa primero por informarse en serio. Según la ONU, el terrorismo es “cualquier acto destinado a causar muerte o lesiones a un civil o a un no combatiente”. Poner un coche-bomba frente a un edificio, en una casa o en plena calle, al estilo infame de SL, es terrorismo. Matar a un policía para quitarle el arma (otro acto repudiable y frecuente en los 80), también. Soltar una furgoneta con explosivos en la vía pública, al modo de ISIS en Barcelona, lo mismo. O atacar soldados que no están en combate. O estrellar aviones contra edificios llenos de gente.
No es difícil darse cuenta de qué es un acto de crueldad indiscriminado, organizado, destinado a causar terror. Por eso, olvidar sus huellas dolorosas y ponerle el calificativo de ‘terrorista’ a cualquier persona que está en otra orilla política, como hizo el excongresista Héctor Becerril en más de una ocasión, es sumamente irresponsable. No solo mancha reputaciones. Al mismo tiempo, contamina el debate público o lo arruina, en la medida en que se apela a una palabra insultante en lugar del análisis serio. En La República siempre hemos condenado el terrorismo, en todas sus formas. Por respeto a las víctimas y a la sociedad, llamamos a que pare esta trivialización verbal de nuestras tragedias.
Por lo mismo, llamamos a que finalice esa tendencia a convertir la palabra ‘terrorismo’ en un arma política barata e insultante. En una mentira ambulante que oculta los dramas reales de nuestro país. Siempre hay que estar alerta frente al posible rebrote de grupos terroristas.




