Marisa Glave

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Me gusta la vida social

“Pero no resolveremos el problema solo con condenas. Necesitamos además emprender un cambio cultural profundo, que parta de educación sexual”.

Celebro nuestro derecho al placer. Aprendí que era un derecho siendo joven. Lo aprendí de mujeres fuertes, hermosamente libres, que no permitieron que el discurso de la seguridad las obligue al claustro, a la vida en el miedo, a la represión del goce por la imposición social de la culpa. Porque en esta desigual división de roles de género a las mujeres nos obligan a cargar con la culpa.

Me gusta salir, beberme un vino si hay una conversación interesante. Tomar un buen trago después de un día largo. Amo bailar y si es una noche de salsa, las cervezas son más que bienvenidas. Me gusta la vida social y mucho.

Y no, no tienen derecho a violarme por eso. Ni a mí, ni a ninguna mujer que quiera ejercer su libertad.

Cuando hay una violación la culpa es del violador, no de la mujer, ni de su estilo de vida. Eso lo debe entender la sociedad y aún no lo logramos. Seguimos siendo un país de violadores.

Entiendan que con esto no queremos decir que todo hombre es violador, lo que decimos es que como sociedad seguimos reproduciendo patrones de violencia sexual contra las mujeres. Patrones que pretenden ser, además, disciplinadores. Porque se sigue justificando esa violencia adjudicando la culpa a la víctima y volviendo el caso “aleccionador” para que otras mujeres entiendan que su libertad tiene costos y es mejor vivir con miedo.

Paul Muñoz y abogados como él, que defienden a violadores con el argumento de “a la señorita le gusta la vida social”, son voceros del patriarcado que pretende seguir negando nuestros derechos. Pretenden revivir la concepción del delito de violación como uno contra el honor, en el que si la mujer no parece “honorable” entonces no habría delito.

Lamento contarles que hace años el código penal cambió y quedó clarísimo que la violación es un delito contra la libertad sexual. Se configura cuando NO HAY CONSENTIMIENTO. Punto. No hay más que debatir.

El consentimiento lo da ella, no importa si Juan Manuel Antonio Vela Farje, Diego Humberto Arroyo, José Martín Arequipeño, Sebastián Zeballos Sanguineti o Andrés Fassardi San Sebastián creen que la víctima es una puta. Porque eso es lo que realmente dijo el abogado al defenderlos por medio de un “eufemismo”. Se lo dijo a la víctima y nos lo dijo a todas las mujeres que no aceptamos vivir en represión permanente.

Esta violación colectiva es la cuarta que se conoce en lo que va del año. Son jóvenes, entre 19 y 24 años. Violan colectivamente. Esta acción merece ser sancionada con todo el peso de la ley. Pero no resolveremos el problema solo con condenas. Necesitamos además emprender un cambio cultural profundo, que parta por una educación sexual integral real y con enfoque de género. Sin eso, no hay cambio posible.