
Ir al mercado con el mismo presupuesto y regresar con menos alimentos podría convertirse en una situación cada vez más frecuente para las familias peruanas. Los efectos asociados al Fenómeno El Niño Costero ya generan preocupación sobre la producción y el abastecimiento de determinados productos agrícolas, mientras el incremento de precios comienza a impactar las decisiones de compra de los hogares.
Según el INEI, durante setiembre el precio del tomate aumentó 28,92% en Lima Metropolitana, mientras que la arveja verde subió 18,54% y el choclo, 16,81%. También se registraron incrementos en productos como maracuyá, palta, zanahoria y distintas variedades de papa.
El escenario genera preocupación debido a las advertencias del sector agrario sobre posibles pérdidas y afectaciones en cultivos esenciales como arroz, papa, maíz, menestras, cebolla y diversas frutas.
Para Jessica Huamán, nutricionista y coordinadora nacional de la Plataforma por la Seguridad Alimentaria del Perú, el encarecimiento de los alimentos no representa únicamente un problema para el bolsillo. También puede terminar afectando la calidad nutricional de la dieta de las familias, principalmente de aquellas con menores ingresos.
“Cuando los alimentos suben de precio, muchas familias no pueden simplemente aumentar su presupuesto. Terminan comprando menos, reduciendo las porciones o reemplazando alimentos nutritivos por otros que les permitan llenar el plato”, explicó.
La especialista advirtió que este escenario puede generar una “crisis alimentaria silenciosa”: hogares que mantienen el número de comidas, pero cuya alimentación pierde variedad y calidad nutricional.
Huamán explicó que, ante el encarecimiento de determinados productos, las familias pueden buscar alimentos que cumplan funciones nutricionales similares. Sin embargo, aclaró que un reemplazo no necesariamente significa que dos productos tengan exactamente la misma composición.
En el caso de alimentos como papa, arroz o choclo, que aportan principalmente carbohidratos y energía, pueden considerarse alternativas como el camote, la yuca, la quinua o el trigo, dependiendo de sus precios y disponibilidad.
Si algunas frutas se encarecen, la recomendación es identificar qué nutrientes se busca mantener. Por ejemplo, la fresa, reconocida por su aporte de vitamina C, puede alternarse con naranja u otras frutas cítricas. En el caso del mango, algunos de sus carotenoides también pueden encontrarse en alimentos como la zanahoria y el zapallo.
Ante el incremento del precio del tomate, la especialista señaló que el aporte de vitamina C puede complementarse mediante alimentos como el pimiento o frutas cítricas. El tomate también contiene licopeno, un carotenoide presente en productos como la sandía.
“Lo importante es no pensar únicamente en reemplazar un alimento por otro, sino identificar qué nutrientes estamos dejando de consumir y buscar alternativas que estén disponibles y sean accesibles”, sostuvo.
La especialista también alertó sobre un posible efecto indirecto en productos de consumo cotidiano como el pollo y los huevos. Esto debido a que el maíz amarillo duro constituye uno de los principales insumos utilizados para alimentar a las aves.
Una eventual reducción de su disponibilidad o un incremento de sus costos podría generar presiones sobre los precios de estos productos, aunque Huamán precisó que el comportamiento final dependerá también de factores como las importaciones y el abastecimiento nacional.
Ante ese escenario, recomendó diversificar las fuentes de proteína y aprovechar las especies de pescado que se encuentren disponibles a precios accesibles.
No obstante, el sector pesquero tampoco está completamente al margen de las variaciones asociadas al calentamiento del mar. La disponibilidad de especies puede cambiar de acuerdo con las condiciones oceanográficas y pesqueras.
La anchoveta, por ejemplo, puede presentar variaciones en sus desembarques debido a cambios en la distribución de sus cardúmenes. Esto no significa que vaya a desaparecer, sino que su captura y disponibilidad pueden verse modificadas.
En contraste, especies asociadas a aguas cálidas, como bonito, perico, melva y atún de aleta amarilla, pueden presentar mayor presencia cerca del litoral bajo determinadas condiciones. Sin embargo, una mayor disponibilidad en el mar no garantiza automáticamente menores precios en los mercados.
“El bonito y el perico pueden ser alternativas para mantener el consumo de proteínas cuando se encuentren a precios accesibles. Pero no todos los pescados aportan exactamente los mismos nutrientes”, explicó Huamán.
La especialista puso como ejemplo a la anchoveta, que destaca por su contenido de hierro y omega-3, mientras que el perico es un pescado más magro. Por ello, recomendó variar las especies consumidas y aprovechar productos como el jurel cuando se encuentren disponibles.
Frente a una eventual reducción de la oferta de algunas hortalizas, Huamán también planteó promover pequeños huertos familiares y comunitarios como una alternativa complementaria.
“No necesitamos tener un jardín para producir alimentos. En balcones, terrazas o espacios pequeños podemos instalar macetas o huertos verticales para cultivar acelga, espinaca, cebolla china o hierbas como culantro, perejil y hierbabuena”, señaló.
La especialista precisó que estos espacios requieren luz adecuada, agua segura y cuidados básicos. Aunque no pueden reemplazar las compras habituales en los mercados, sí pueden contribuir a diversificar la alimentación de los hogares.
Por ello, consideró que las municipalidades también deberían promover huertos urbanos y comunitarios dentro de sus estrategias de seguridad alimentaria.
Huamán recomendó evitar compras excesivas o la acumulación de productos por temor a un eventual desabastecimiento, debido a que estas prácticas pueden generar desperdicio de alimentos y mayores presiones sobre el mercado.
En su lugar, sugirió organizar las compras, comparar precios, identificar alimentos con aportes nutricionales semejantes y aprovechar productos secos que puedan conservarse adecuadamente.
Asimismo, ante lluvias e inundaciones, recordó la importancia de mantener medidas de inocuidad alimentaria: evitar productos que hayan tenido contacto con aguas contaminadas y utilizar agua segura para lavar y preparar los alimentos.
Sin embargo, la nutricionista enfatizó que las recomendaciones individuales tienen un límite. Si los alimentos escasean o los precios se vuelven inaccesibles, las familias no necesariamente tendrán capacidad para elegir alternativas.
“Podemos recomendarle a una madre que reemplace un alimento por otro, pero ¿qué hacemos si ambos escasean o si ninguno está al alcance de su bolsillo? Ahí es donde tiene que intervenir el Estado”, cuestionó.
En ese sentido, hizo un llamado al Gobierno nacional, gobiernos regionales y municipalidades para anticipar posibles problemas de abastecimiento, proteger las campañas agrícolas y monitorear tanto los precios como la disponibilidad de alimentos.
También planteó fortalecer las cadenas de distribución y coordinar con el sector pesquero para anticipar posibles variaciones en la oferta de productos hidrobiológicos destinados al consumo humano.
La especialista consideró además necesario adoptar medidas específicas para proteger el abastecimiento de programas de alimentación, comedores populares y ollas comunes, cuya capacidad para ofrecer preparaciones nutritivas podría verse comprometida ante una menor oferta agrícola o pesquera.
“La prevención frente a El Niño no puede limitarse a prepararnos para las inundaciones. También tiene que garantizar que las familias tengan qué comer y que esa alimentación sea nutritiva. De lo contrario, estaremos esperando a que la emergencia climática se convierta también en una crisis alimentaria”, concluyó.