El informe envenenado, por Ricardo Uceda

La Comisión de Fiscalización asegura que un trabajador de los Humala fue envenenado. Habrían querido vengarse por la difusión de las agendas de Nadine. Lo más chocante es que el informe no lo demuestra.

14 Feb 2018 | 7:15 h

Un informe de la Comisión de Fiscalización del Congreso sostiene que el servidor de la familia de Ollanta Humala, Emerson Fasabi, tuvo un deceso “de tipo homicida”. Lo asesinaron haciéndole ingerir un agente tóxico desconocido. Como los testimonios indicaban que era una persona animosa, amable, de buen humor, el informe descartó que pudiera haberse suicidado. Una conclusión contraria a las investigaciones del Ministerio Público. Toda una bomba.

La tesis del robo

¿Quién lo mató? Las conclusiones del informe llevan al lector, de las narices, hasta el ex presidente Ollanta Humala, aunque no está escrito así taxativamente. ¿Por qué habría sido asesinado? Porque estaba vinculado a la pérdida o robo de las agendas de Nadine Heredia, que son un instrumento de la investigación en su contra por lavado de activos. Cuando fue encontrado muerto, el tema de las agendas ya era conocido. La comisión no llega a decir que las sustrajo, pero siembra indicios de que podría haberlo hecho, y entonces uno puede imaginar –tampoco está dicho así− que lo mataron por venganza.

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Las conclusiones, por último, proponen que los Humala y su entorno encubrieron los hechos: hubo alteración de la escena del crimen, el cadáver fue prácticamente secuestrado para ser luego enterrado semiclandestinamente en Tahuanía, en el Oriente peruano.

Negando al muerto

Lo más desconcertante del informe es que el contenido previo a las conclusiones –los testimonios, los documentos, los hechos descritos− llevan a una conclusión distinta. No opuesta sino distinta. Permite concluir que no es posible conocer a ciencia cierta lo que le produjo la pancreatitis aguda, causa indudable del deceso. Y que las contradicciones, desajustes y vacíos hallados durante la investigación pueden tener explicaciones más simples que la de una conjura asesina. Fasabi, por cierto, pudo ser asesinado. Pero el documento que ofrece la Comisión de Fiscalización dista mucho de demostrar esa teoría.

Las suspicacias partieron desde que Ollanta Humala negó que era un trabajador suyo. ¿Qué hacía, realmente? Los testimonios brindados a la comisión esclarecen el punto. Era un hombre de 27 años que vivía en un cuartito de la calle Fernando Castrat, en Surco, cercano a donde vivían los esposos Humala y la madre de Nadine Heredia –las casas eran contiguas− pendiente de los mandados que pudiera hacerle a la familia.

Lo que hacía

Así, a las siete de la mañana llevaba el pan y los periódicos. Luego lavaba autos, paseaba al perro, iba a la bodega. En la cuadra, donde era conocido, especialmente por los policías que hacían guardia, también prestaba apoyo espontáneo. Fasabi recibía un estipendio de los Humala cuyo monto no ha llegado a establecerse, sin disfrutar beneficios de un trabajador formal. No tenía seguro social. En vez de aceptar espontáneamente esta vinculación, que a la larga podría evidenciar en una irresponsabilidad suya como patrono, Ollanta Humala la negó. Para la tesis del asesinato, aquí comenzó el encubrimiento.

Fasabi murió el 21 de julio del 2015, un mes antes de que ‘Panorama’, de Panamericana Televisión, publicara su primer reportaje sobre las agendas de Nadine Heredia. El ex congresista del nacionalismo Álvaro Gutiérrez, quien se las entregó a la periodista Rosana Cueva, dijo haberlas recibido anónimamente en diciembre del 2014. Ese mes dejó el servicio doméstico de los Humala Micheline Vargas, una ex trabajadora de Gutiérrez.

Fuera de la mira

En agosto del 2015, inmediatamente después de la primicia de ‘Panorama’, los abogados de Nadine acusaron a Vargas y Gutiérrez de haberse asociado para sustraer documentos privados con fines extorsivos. Pero mucho antes ya tenían la idea. En otoño del 2015, cuando ‘Panorama’ aún no poseía las agendas, accedió a documentos bancarios de la familia Humala en Europa. La directora de ‘Panorama’ se los mostró a Roy Gates, el abogado de Nadine:

−¡Ah! –dijo Roy Gates a Rosana Cueva−. Esto forma parte de los documentos que se robó la empleada.

De modo que el pobre Fasabi no estaba en la mira. Todos los testimonios obtenidos por la comisión coinciden en señalar que el difunto, un ex reservista del Ejército, no tenía acceso a la vivienda, y que cuando lo hacía era para comisiones puntuales. No era un hombre de confianza de Micheline Vargas, ni de los Humala –había sido recomendado al entonces presidente por Amílcar Gómez, ese sí un allegado− y vivía una vida precaria con ayuda de varios. Está comprobada su amistad con el chofer de Ollanta, Juan José Peñafiel, quien descubrió el cadáver y luego lo sacó de la morgue, donde estuvo quince días, para llevarlo a Ucayali.

La escena cambiada

En la teoría del encubrimiento, la actuación de Peñafiel es la que se presta a sospecha. Fue quien descubrió el cadáver y según un vecino no quiso admitirlo (aunque lo hizo ante la fiscalía). Luego porque Carmen Muñante, una suboficial de la policía, expresó su parecer de que la escena del crimen había sido manipulada. “¿Por qué”?, le preguntaron los comisionados. Había dos cervezas consumidas y ningún vaso. Un bolsillo de pantalón estaba vuelto hacia afuera. Había desorden, como si el cubículo de Fasabi tuviera que lucir como dormitorio de una escuela militar. El cadáver, en cambio, estaba cubierto por una manta, como si Fasabi se hubiera acostado para dormir.

¿Por qué tendría que ser anómalo que Peñafiel colaborara con las gestiones funerarias y de la sepultura? Era su amigo. En Lima, Fasabi no tenía un perro que le ladre, y sus primas, cuando aparecieron, no estaban muy habilitadas para llevar el cadáver hacia Ucayali. Todo lo cual puede concluirse de la lectura del informe, por supuesto.

El informe recusado

Así como Fasabi le prestaba servicios a Humala con informalidad, así, casi a escondidas, Humala dispuso lo conveniente para que fuera enterrado en su pueblo. Es obvio, a través de su chofer. Aportó dos mil soles de su bolsillo. ¿Esto demuestra que lo mató? Podría indicar que, pese a que lo tenía desprotegido, decidió ayudarlo ya muerto. En fin, el informe de la comisión termina recolectando imprecisiones por aquí y por allá, hasta que llega a lo que podría ser el núcleo de su contenido: la impugnación de la necropsia realizada por el Instituto de Medicina Legal.

Según el informe de los médicos Walter Mostajo y Jorge Vilcapaza, Fasabi murió por una pancreatitis aguda hemorrágica. Pudo desencadenarla, dicen, una ingesta alcohólica, a la que según varios testigos el occiso era aficionado. Sin haber cumplido treinta años, Fasabi estaba bastante malogrado: prostatitis, gastritis, traqueítis, esofagitis, todas ellas crónicas. Un perito contratado por el Congreso sostuvo que ingirió una sustancia tóxica. ¿Cuál? No lo dijo. Eso bastó para lanzar la tesis de asesinato por envenenamiento.

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