La "otra historia"

30 Nov 2017 | 6:00 h

Se dice que los vencedores, por lo general, son los que escriben la historia. Incluso, cambiando o adulterando los hechos. De todo ello hay innumerables ejemplos en el mundo.

Sin embargo, pese a que las batallas políticas no han terminado en este país, es decir, no hay un vencedor –salvo mejor parecer– el fujimorismo es el que hoy intenta cambiar la historia. Este diario días atrás nos acaba de anunciar que la historia sobre el fujimorismo, tal como la conocemos hasta ahora, puede cambiar. En una nota que lleva por título “La Nueva Historia” (25/11/17), se nos informa que en la Comisión de Educación del Congreso se debatirá un proyecto de ley presentado por la congresista fujimorista Paloma Noceda “que declara de necesidad pública e interés nacional la incorporación de contenidos curriculares referidos al terrorismo en el Perú”. Uno de estos nuevos contenidos, señala esta misma nota, es imponer la tesis que el terrorismo fue derrotado definitivamente cuando en 1992 Fujimori “decide políticamente combatir a fondo a Sendero Luminoso y al MRTA”, es decir, luego del golpe del cinco de abril. La idea es mostrar al fujimorismo como un momento “fundacional” del país que tiene como referencia principal la derrota del terrorismo (léase: incluye a la izquierda). Lo que nos propone es una suerte de “democracia antisubversiva”, es decir un poder autoritario.

No es la primera vez que esto sucede. Guardando distancias y siendo lo contrario al fujimorismo, el velasquismo intentó entregarnos otra historia mediante la recuperación de personajes ausentes hasta ese momento como Túpac Amaru o proponiendo la necesidad de una segunda independencia. Es decir, una mirada progresista y antioligárquica de nuestra historia que nos invitaba a actuar y al mismo tiempo a cumplir tareas inconclusas. Por eso fue un intento fundacional.

El caso del fujimorismo es muy distinto. El principal instrumento que utilizan para cambiar la historia y así representar a una derecha reaccionaria no es solo la debilidad de un gobierno que les permite avanzar casi sin problemas, una mayoría arbitraria en el congreso y una cierta pasividad de la sociedad, es también el “negacionismo” que consiste en negar los hechos del pasado o, simplemente, tergiversarlos.

Por ejemplo, la congresista fujimorista Karina Beteta ha dicho (Perú 21: 22/11/17) que la renuncia de Alberto Fujimori “es un mito”. Él, Fujimori, “no renunció. Estaba de viaje en ese momento… Dicen que renunció por fax y no es cierto… el exmandatario no se aferró al poder y por eso renunció (para luego añadir) todos debemos apreciar el don de desprendimiento que puede existir en el expresidente Fujimori”.

En realidad, el “negacionismo” parte por revisar la historia. A veces de manera supuestamente académica; otras grotescamente, como pretenden tanto el proyecto de ley de la congresista Noceda o lo que afirma la otra congresista fujimorista Karina Beteta. Sin embargo, hay que decirlo, no estamos frente a un debate de opiniones que deviene o se desprende de una postura ideológica sino más bien frente a la necesidad de defender la verdad de los hechos. Como afirma la historiadora norteamericana Deborah Lipstadt: “La verdad y los hechos están amenazados”.

Cuando esto sucede, podríamos decir que hemos entrado a una nueva fase del conflicto político y social en el cual la defensa de “la verdad de los hechos” pasa a convertirse en un tema crucial de la política. Lo que buscan hoy la derecha, algunos medios de comunicación y el fujimorismo es lo que Michael Spector ha llamado el “negacionismo grupal” que consiste en dar la espalda a la realidad “en favor de una mentira más confortable” que bien puede ser que el régimen autoritario de Alberto Fujimori fue democrático, que no violó los derechos humanos y menos fue un gobierno corrupto. Lo único que nos quedaría es agradecerle a Alberto Fujimori y elevarlo a las alturas, como el fundador de un movimiento que hoy representa Keiko Fujimori.

En todo esto se busca crear, al igual que en la época “macartista” en la década de los cincuenta en los EEUU, un nuevo “consenso nacional” que excluye a todos aquellos que no estén de acuerdo con esta nueva historia. Una suerte de “contrarrevolución política”. Por eso lo que tenemos por delante no es una escaramuza cualquiera, es una “batalla”, si cabe la expresión, en la que se juegan los destinos democráticos del país.

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