Cultural

La obra de Theo Angelopoulos: “Ahora más que nunca, el mundo necesita cine”

La película “La mirada de Ulises” del griego Theo Angelopoulos cumple 30 años. Razón suficiente para recomendar a este maestro absoluto de la dirección.

Theo Angelopoulus. Imagen: Difusión.
Theo Angelopoulus. Imagen: Difusión.

Las historias que forjamos con nuestros directores de cine favoritos no siempre se dan de manera directa.

Cuando andaba por los 20 y pico, sabía quién era Theo Angelopoulos (1935 - 2012), el reconocido director griego que en 1998 había ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes por su película La eternidad y un día. Además, en el marco de dicho evento cinematográfico, pero en 1995, había conseguido el Gran Premio del Jurado por La mirada de Ulises. Mis intereses en cine, seguramente muy poseros, pero no al nivel de los practicantes del caletismo ilustrado, no estaban en sintonía con Angelopoulos. Yo iba por otro lado, pero definitivamente estaba en el radar: era un director que de todas maneras debía conocer.

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Como en La mirada de Ulises actúa Harvey Keitel (Winston Wolf en Pulp Fiction (1994) de Tarantino, por ejemplo), a lo mejor uno de mis actores fetiches, que ha mostrado su talento en obras maestras e igualmente en trabajos para el olvido, como Bee cool (2005), un esperpento que nos deja un mensaje: nuestros artistas predilectos también son seres humanos.

 "La mirada de Ulises" (1995) de Theo Angelopoulos. Imagen: Difusión.

"La mirada de Ulises" (1995) de Theo Angelopoulos. Imagen: Difusión.

La mirada de Ulises fue una revelación y lamenté haber dejado pasar varios años cuando, por fin, me decidí a verla.

En La mirada de Ulises tenemos a un director griego, interpretado por Harvey Keitel, quien da vida a A, quien luego de muchos años regresa a su país con el objetivo de recuperar tres bobinas de los hermanos Yamakis (evidente homenaje a los hermanos Lumière). Estas bobinas pertenecen a los comienzos del cine griego, a inicios del siglo XX.

La estructura de La mirada de Ulises le debe mucho a la Odisea, pero Angelopoulos ofrece un marco conceptual diferente, respetando en algo el texto clásico, enriqueciendo y trocando el viaje de A como un mero pretexto para redescubrirse, exorcizarse, ofreciéndonos así una mirada gris y seca de Los Balcanes, lugar donde se encuentran las bobinas de los Yamakis.

Esta obra maestra, que da cuenta de las consecuencias de la guerra y de la potencia del cine como guardián de la memoria, está disponible en las principales plataformas de cine. En un mundo espoleado por las prisas y las frivolidades, de las que no se salvan ni los culturosos que lo critican, muestras de arte como las del griego Angelopoulos no solo son un alto, sino también una guía de exploración interna para el espectador de ocasión. A, el protagonista, puede ser cualquiera de nosotros dispuesto a escarbar sin miedo en el mundo interior.  Hay escenas que no se borran tan fácilmente, como aquella en la que A observa un barco que transporta una gigantesca estatua de Lenin. La mirada de Ulises podría ser asumida como la versión personal del director de la historia europea de las últimas décadas.

Sé que La mirada de Ulises se estrenó en Lima, seguramente en algún cineclub de finales de los 90 e inicios del 2000. Pero de lo que nunca he estado seguro es si La eternidad y un día se exhibió en alguna sala local.

En este trabajo de 1998, tenemos a Alexander (Bruno Ganz), un famoso escritor quien, a un día de internarse en un hospital a causa de una enfermedad terminal, lee una carta que le escribió su esposa hace más de 30 años. En esta carta se detalla lo que pasó en un día de playa, y la sensación en Alexander de no haberlo disfrutado a plenitud es lo que rubrica su pesar.

Hasta aquí, uno ya puede colegir lo que vendrá, pero gracias a la maestría de su director, somos parte de la fusión del viaje entre los recuerdos y lo onírico, ambos ligados al proceso creativo del escritor o, mejor dicho, de la escritura.

 "La eternidad y un día". Imagen: Difusión.

"La eternidad y un día". Imagen: Difusión.

Alexander se despide de su hija y trata de encontrar a la persona que se haga cargo de su perro. Es en este trayecto que la idea del adiós trueca ni bien se topa con un niño albanés, a quien decide proteger ni bien este es perseguido por la policía local. Alexander lo lleva a un lugar seguro y lo deja a su suerte. Alexander continúa su periplo existencial y no deja de ser invadido por la idea del “si lo hubiera hecho así, las cosas hubieran salido de esta manera”. Empero, las circunstancias lo llevan nuevamente donde el niño albanés, pero esta vez la criatura es presa de un grupo de traficantes que vende a estos hijos de la guerra a una variedad de parejas americanas; luego de una trifulca, Alexander compra al niño para regresarlo a Albania.

Es a partir de este encuentro que la personalidad solipsista de Alexander se ve confrontada con la del niño. Ambos quieren irse, darles un sentido a sus respectivas vidas, recuperar el tiempo perdido, pero lo paradójico es que ambos no tienen ni la más mínima idea de sus respectivos lugares de llegada. El niño no quiere regresar a Albania, hay una guerra que ha terminado por dejarlo solo, y Alexander lo acoge, sabiendo que su último día de reconciliación consigo mismo lo tendrá que pasar con él. En no pocas escenas, el escritor es directo al deslizar la idea de que lo mejor es que se separen, pero el grado de compenetración entre ambos crece a tal magnitud que Alexander (el día) no tarda en darse cuenta de que ese niño (la eternidad) es todo lo que le queda. A tal punto que, llorando, Alexander le dice:

“No te vayas, no quiero que te vayas”.

El bus que llevaría al niño a un no-lugar es abordado por ambos, y es en este curso que los personajes que Alexander ha creado en sus libros hacen su aparición: tenemos a una joven pareja de enamorados que discute, a un grupo de callejeros músicos de cámara y a un manifestante que tiene muy cogida una bandera roja. A simple vista puede tratarse de personajes secundarios, pero es a través de estos por los que Angelopoulos lanza su crítica feroz a las veleidades de los ideales posmodernos.

Aquel viaje en bus parece interminable, ambos son felices, y cada uno pone de su parte para que esa felicidad no se apague, como si fuera una especie de lucha por un ideal, así se fracase en él, pero con la tácita consigna de que el mañana y sus consecuencias no tienen lugar en sus periplos actuales.

He leído algunas reseñas de esta película, y lo alucinante de estas es que no presentan puntos convergentes. Cada reseñista se refocila en una variopinta gama de opiniones, algunos le dan una lectura política, otros una lectura social, y casi todos destacan las virtudes del director (de hecho), pero incluso así, más allá de estas enriquecedoras miradas, se trata, al menos para mí, de una bella película, bella en el más puro sentido que esta palabra encierra y que no requiere de discursos intelectuales para ser validada. Lo bueno es que no es muy difícil de verla, con un poco de esfuerzo y paciencia puede conseguirse.

Angelopoulos es un gigante del cine, quien llegó a decir lo siguiente: "Ahora más que nunca, el mundo necesita cine. Puede que sea la última forma de resistencia ante el deteriorado mundo en el que vivimos. Al tratar de fronteras, límites, la mezcla de idiomas y culturas de hoy, intento buscar un nuevo humanismo, una nueva vía". Sabias palabras, sin duda.

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