
La disputa por el control curatorial del Lugar de la Memoria (LUM), las recientes intromisiones políticas de Renovación Popular en casos de aborto y los discursos que pretenden fiscalizar la orientación sexual ajena bajo criterios de prudencia moral no son ejemplos aislados de rigidez: son la radiografía de un problema de fondo. Exponen la pretensión autoritaria, esta vez de la derecha extrema, de capturar el poder político para imponer un catecismo moral y clausurar la autonomía (libertad) ajena. Propongo estos dos temas por coyuntura y porque superan el eterno debate derecha-izquierda del momento. Son permanentes. Insisto, por sobrevivencia ancestral, nuestro cerebro tiende a no procesar matices ante lo que consideramos una amenaza; solo distingue aliados de enemigos. ¡Viva la libertad!, pero la mía, no la tuya. El liberalismo propone salir de esa prisión, de esa guerra que se disfraza de ideologías y se parapeta en ellas como una trinchera. Sin cierta flexibilidad, no hay paz. Nos matamos.
El caso del aborto es un típico ejemplo que ilustra la discordia, la trampa. Defender la libertad de las mujeres a decidir no exige que el resto renuncie a sus convicciones éticas o religiosas; exige que una moral en particular no use el Código Penal para coaccionar el cuerpo y la intimidad médica de la ciudadanía. La postura liberal no impone procedimientos a quien los rechaza: garantiza la coexistencia, permitiendo vivir según la propia conciencia de las dos posturas sin que el Estado fuerce a ninguna a someterse al dogma del vecino.
En el debate sobre el LUM, la trampa es la misma. Un sector pretende censurar el recinto para acomodar el pasado a su conveniencia partidaria; otro busca congelar una curaduría como dogma cívico incuestionable. La salida republicana no es el catecismo oficial ni la clausura. El Estado debe limitarse a custodiar con rigor forense los hechos —la barbarie terrorista de Sendero Luminoso y el MRTA, junto a las violaciones a los derechos humanos cometidas por agentes estatales—, dejando abierto el espacio para que el ciudadano evalúe la historia en libertad, sin interpretaciones obligatorias por decreto.
Este falso liberalismo asoma también cuando figuras políticas que enarbolan la bandera de la libertad reducen la esfera privada del adversario al objeto de sospecha y estigmatización moral. Es la libertad a la carta: soberanía para el mercado, pero tutela policial sobre el cuerpo y la cama.
La filósofa Chantal Mouffe plantea el concepto de agonismo como una salida a esta trampa de "nosotros contra ellos, ellos contra nosotros". La fricción eterna. Hay que aceptarla. Una democracia madura no busca erradicar el conflicto ni forzar consensos artificiales, sino transformar el antagonismo destructivo entre enemigos en una disputa civilizada entre adversarios bajo el marco del Estado de derecho. El agonismo de Mouffe no exige tolerar a quien busca destruirte: quien apela a la violencia, al terror o al totalitarismo queda fuera del juego democrático como un enemigo, que quede claro. La condición de adversario aplica solo a quien disputa el poder bajo las reglas del Estado de derecho.
La auténtica salida liberal no exige que todos piensen igual ni compartan la misma fe o memoria; exige que ninguna mayoría circunstancial utilice el aparato estatal como garrote moral contra el otro. Superar nuestra neurología básica implica entender que la libertad ajena empieza, precisamente, donde termina la pretensión de imponer certezas por la fuerza. El libertarismo que solo defiende la propiedad del dinero pero avala la coacción del Estado sobre el cuerpo ajeno y la memoria cae en la misma conducta expropiatoria que dice repudiar.

La disputa por el control curatorial del Lugar de la Memoria (LUM) expone intentos autoritarios de la derecha extrema por imponer un catecismo moral a la sociedad.

Los políticos, en busca de apoyo, presentan soluciones superficiales como la militarización de las calles, mientras evaden la lucha real contra las mafias que corrompen instituciones.

La normalización del uso de fuerza militar en las calles se ha convertido en un tema candente, con un incremento en el apoyo a discursos de mano dura y medidas drásticas. Sin embargo, las verdaderas raíces del crimen organizado persisten ocultas.

La actual conducta de fiscalización del fujimorismo, ahora en el poder, revela un doble estándar, donde criticar se convierte en un sacrilegio y se evitan los cuestionamientos hacia la gestión.

El peruano promedio tiene 34 años, es mayoritariamente mestizo o indígena, y sufre de malnutrición. Su desarrollo físico y mental se ve afectado por una vida de limitaciones.