Nació en Lima el 29 de Agosto de 1963. Obtuvo su título de Abogada en laPUCP. Es Master en Jurisprudencia...
Amanece el 3 de enero con la captura de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado a los Estados Unidos. El operativo fue ejecutado por Fuerzas Especiales del ejército de los Estados Unidos, cuya flota está desplegada desde hace semanas frente a las costas de Venezuela. Una operación quirúrgica, que hasta el momento no reporta ni muertos ni heridos.
El primer sentimiento es de alivio y de alegría por los millones de venezolanos que, en una diáspora cruel, fueron obligados a huir por miedo y por hambre de su país. Personas comunes a las que se les quitó el derecho más humano y fundamental de todos: vivir donde nacieron. Personas que hoy son parte de la sociedad peruana, así como de otros muchos países que los acogieron, dentro y fuera de la región. Muchos ya no volverán a su patria, pero muchos más solo esperaban el día en que cayera el dictador para volver a casa. Sus lágrimas, en muchas plazas del mundo entero, conmueven.
Maduro se consolidó como un dictador, reconocido como tal casi universalmente, en la última elección que robó a Edmundo Gonzales. Pero su recorrido autoritario viene de muy atrás. Desde que Hugo Chávez llegó al poder en 1998 y cambió la Constitución para perpetuarse en el poder, Venezuela fue perdiendo la democracia en forma y fondo. El régimen de Maduro solo acentuó las graves violaciones a los derechos humanos en la vulneración del derecho a la vida (asesinato, tortura); el derecho a la libertad (detenciones arbitrarias, secuestro, prisiones políticas); el derecho a la libertad de expresión, sin prensa libre alguna; el derecho de propiedad, con expropiaciones y estatizaciones forzosas, además de toda clase de atropellos que despojaron a los venezolanos de documentos básicos como un pasaporte. El derecho a elegir y ser elegido se transformó en una farsa, con todos los opositores impedidos de participar y un tribunal electoral diseñado para dar siempre como ganador al dictador.
Maduro logró sustraer a Venezuela de la jurisdicción internacional de protección de derechos humanos para no responder ante nadie por los crímenes que cometió sistemáticamente. Pero no le bastó. Consolidó una cúpula de poder corrupta que corrompió a las Fuerzas Armadas, su única base de poder real. Su caída tiene motivos de sobra para ser celebrada.
Dicho esto, sin embargo, la preocupación regional por la injerencia de los Estados Unidos en asuntos internos en países extranjeros expresa una duda legítima sobre los medios empleados para la caída del dictador. Desde hace meses, el gobierno de Estados Unidos alega que Nicolás Maduro es el líder de un cartel de narcotráfico que ejecuta sus operaciones en su territorio. Todo esto será probado en un debido proceso ante las cortes en Nueva York, en donde está imputado. ¿Justifica este argumento la violación del derecho internacional? Esa es una pregunta que se debatirá por años. La respuesta jurídica será un no rotundo y la respuesta política, que responde al poder de facto, será que sí.
Mucho se ha especulado sobre el interés de los Estados Unidos en controlar la explotación del petróleo venezolano. Pero Estados Unidos no es China, no tiene un modelo estatal de negocios. Tiene que interesar a empresas privadas en un control que puede o no ser atractivo. Si bien es difícil desentrañar las profundas motivaciones geopolíticas de un acto como este, parecería que Estados Unidos, como en el siglo XX, quiere mandar un mensaje de dominio. El precedente de Noriega en Panamá o la invasión de Grenada abonan en ese punto. Trump transmitió un mensaje claro a Petro al respecto: ¡cuídate el trasero! Va para él y para toda la región.
¿Qué significa esto para el Perú en un año electoral? Nuestro país, felizmente, parece estar fuera de los planes de Estados Unidos por el momento y la relación es fluida. Pero en el caso de Honduras y Argentina, el presidente Trump ya ha hecho saber que le gusta elegir a sus ganadores. Eso puede explicar el entusiasmo de candidatos peruanos en rendirle una soberana sobonería antes de tener la información completa.
A esta hora, luego de la conferencia de Trump, la noticia es que Estados Unidos anuncia que gobernará Venezuela de manera transitoria. ¿Cuánto durará esta transición? Nadie lo sabe. ¿Se descarta al legítimo vencedor de las elecciones, Edmundo Gonzales? ¿María Corina Machado queda fuera del juego? ¿Es cierto que la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, negociaba en secreto con la administración Trump? ¿Se queda ella en el poder pese a que se presume que se encontraba en Rusia durante el ataque? ¿Qué va a suceder con Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y otras tantas figuras asociadas a la corrupción de Maduro? ¿También serán detenidos y conducidos para su juzgamiento en los Estados Unidos? ¿O permanecerán en el poder como parecía en las primeras horas del 3 de enero? Todo esto está en desarrollo y no tenemos respuestas. Pero si no se van ellos, nada habrá cambiado.
Trump anuncia una segunda ola de ataques, pero solo si no entienden la primera. El mensaje es claro. Pero quedan muchas preguntas. Las Fuerzas Armadas de Venezuela no movieron un dedo para defenderse mientras se atacaban sus aeropuertos y otros objetivos militares, pese a todos los anuncios previos rimbombantes del dictador. Las fuerzas armadas de los Estados Unidos son formidables, pero mucho ayuda que la resistencia al ataque sea nula. ¿Ya se había desplegado inteligencia interna para que estas colaboraran? ¿Cuál es el grado de colaboración del ejército venezolano? Ya hay mucha especulación al respecto a esta hora, pero ninguna noticia verificada.
El final de Maduro es el que merece todo dictador. Abandonado y traicionado por su entorno, negándose a negociar una salida, capturado en un operativo que solo puede ser impecable cuando tienes inteligencia operativa infiltrada en la cúpula, morirá preso en una cárcel en Estados Unidos. Nadie lo va a extrañar.
Para la diáspora venezolana y los amigos en el Perú, un abrazo hermano, esperando que encuentren pronto la libertad con soberanía real. Que la transición sea breve, que la democracia que tienen que reconstruir desde los escombros sea sólida y sin tutela, y que su economía prospere pronto para hacer el viaje de retorno de millones, a un mejor lugar: a casa.

Nació en Lima el 29 de Agosto de 1963. Obtuvo su título de Abogada en laPUCP. Es Master en Jurisprudencia Comparada por laUniversidad de Texasen Austin. También ha seguido cursos en la Facultad de Humanidades, Lengua y Literatura de laPUCP. Einsenhower Fellowship y Premio Jerusalem en el 2001. Trabajó como abogada de 1990 a 1999 realizando su especialización en políticas públicas y reforma del Estado siendo consultora delBIDy delGrupo Apoyoentre otros encargos. Desde 1999 se dedica al periodismo. Ha trabajado enradio, canales de cable, ytelevisiónde señal abierta en diversos programas de corte político. Ha sido columnista semanal en varios diarios.