Opinión

Destruir Machu Picchu y de paso el turismo, por Luis Jaime Castillo

“Y el propósito no es solo destruir nuestra joya arqueológica sino destruir, de paso, otro sector productivo, el turismo en el Perú, que, lamentable, aún depende en gran medida de Machu Picchu”.

El turismo en el Perú aún no se recupera, se proyecta llegar a cifras prepandemia en 2024. Foto: Promperú
El turismo en el Perú aún no se recupera, se proyecta llegar a cifras prepandemia en 2024. Foto: Promperú

Por: Luis Jaime Castillo. Arqueólogo y exministro de Cultura.

En nuestro país siempre sorprenden las cosas que se hacen bien, con eficiencia y rápidamente. En realidad son tan pocas las cosas que pasan del dicho al hecho, que cuando esto ocurre podemos presumir que ha sido fruto de una planificación ajustada y experta y de un sentido de propósito y determinación.

Construir lo que Machu Picchu fue hasta hace unos meses tomó mas de 50 años de arduo trabajo, de errores y correcciones, de gente talentosa y dedicada, de un verdadero amor por lo nuestro. Conseguir que fuera admitida en la lista de Patrimonio Mundial de la Unesco no fue fácil, nunca lo es, e implicó una serie de compromisos con el organismo internacional, que ahora parecen letra muerta.

Conseguir que se mantenga, al menos en apariencia, su imagen de paisaje prístino implicó contener todo tipo de apetitos y descontroles. Organizar al cada vez mayor número de visitantes, con horarios de entrada y circuitos ha sido un trabajo muy arduo. Establecer un balance entre el disfrute y la conservación, entre el patrimonio arqueológico y el natural, todos han sido logros que han tomado años o incluso décadas. Y muchísimos peruanos y extranjeros pudimos disfrutar de estos logros.

Pero, como dice la canción de Juan Gabriel, eso fue “hasta que te conocí”. Alguien en las altas jerarquías del Mincul ha logrado la proeza de tirarse abajo todo lo conseguido en un plazo cortísimo y hoy Machu Picchu parece en camino al desastre. La eficiencia con la que, con jugadas de gran maestro de ajedrez, “rotaron” al director del parque arqueológico, con que instauraron el despropósito de vender entradas en Machu Picchu Pueblo, previa inscripción en un librito de la municipalidad (¿esto está regulado en el TUPA?), que se comenzaron a formar colas interminables y que se “convenciera” a los turistas de pernoctar en el pueblo (mejor dicho en la calle), el incumplimiento por las horas de entrada al sitio y los circuitos que protegen la integridad del monumento parecería haber sido todo planeado por alguien, con mucha antelación y a propósito. Y el propósito no es solo destruir nuestra joya arqueológica sino destruir, de paso, otro sector productivo, el turismo en el Perú, que, lamentable, aún depende en gran medida de Machu Picchu.

Los resultados no serán de inmediato. Los turistas ya compraron sus pasajes e hicieron sus reservas. No. Las consecuencias se sentirán en el mediano y largo plazo, a medida que la satisfacción de los visitantes vaya cayendo y el sitio se vaya degradando.

Y ante esto, ¿qué hacen la ministra de Cultura y los ministros del Ambiente y del Mincetur?.

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