David Rivera

David Rivera

Lima, 1972. Economista de la U. del Pacífico, he dedicado mi carrera profesional al periodismo y a la comunicación política. He sido editor adjunto de la revista Semana Económica, editor de Economía de El Comercio y director de la revista PODER. También conductor de televisión en canal N y canal 7. Hoy soy columnista en La República y Sudaca.pe

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Sobre reaccionarios e intransigentes, por David Rivera

“Quizá el ejemplo más reciente y cercano de la retórica reaccionaria y progresista planteada por Hirschman sea el amplio rechazo a la propuesta de nueva Constitución en Chile”.

Con la colaboración de José Carlos Orihuela, economista y docente en la PUCP.

En uno de sus últimos libros (1991), el economista Albert Hirschman planteó tres argumentos paradigmáticos para analizar la lógica con la que piensan y actúan los sectores reaccionarios de una sociedad. Cuando había culminado su redacción, pidió a los editores cambiar su título: de La Retórica Reaccionaria a La Retórica de la Intransigencia.

Si bien la respuesta de los editores fue que “intransigencia” era un término extensamente desconocido para los norteamericanos, luego consiguió que los de Italia, México y Brasil sí lo usasen. ¿Por qué le resultaba importante hacerlo?

Durante la redacción del libro, Hirschman cayó en cuenta de que existen argumentos progresistas comparables con la “letanía reaccionaria”. ¿Cuáles? Veamos primero los reaccionarios.

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I. La tesis de la perversidad. Intentarán demostrar siempre que las propuestas de cambio están mal concebidas y que generarán exactamente lo contrario al objetivo propuesto.

II. La de la futilidad. Todo intento de cambio está destinado a fracasar porque chocará con “leyes” que gobiernan el mundo.

III. La del riesgo. Aunque el cambio propuesto sea deseable, tiene costos excesivos en relación con sus beneficios y dañará gravemente los logros anteriores.

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Y los tres que plantean un contrapunto para los progresistas:

I. La ilusión del principio de sinergia y el inminente peligro (contraparte de la del riesgo). Confían excesivamente en que todas las reformas se apoyan mutuamente. Si el argumento del riesgo enfatiza los peligros de la acción y la amenaza a los logros, esta advierte amenazas y peligros si no se actúa enérgicamente.

II. La historia está de nuestro lado. Si la esencia de la tesis de la futilidad “reaccionaria” es la invariancia de ciertos fenómenos socioeconómicos, su contrapartida “progresista” es la afirmación de un avance similar con la misma fuerza e ímpetu.

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III. Contraparte de la tesis de la perversidad. Los progresistas dejan de lado toda precaución en la remodelación de las instituciones existentes. Siempre están listos para moldear y remodelar la sociedad en cualquier momento y a voluntad. Argumentan, implícita o explícitamente, que un nuevo orden debe ser construido, independientemente de las consecuencias contraproducentes que puedan surgir.

En estos seis argumentos es posible reconocer retóricas de la derecha e izquierda peruanas. Pero quizás el ejemplo más reciente y cercano de lo planteado por Hirschman sea el amplio rechazo a la propuesta de nueva Constitución en Chile.

Desde el inicio, las iniciativas de los constituyentes generaron controversias, críticas e incertidumbre, y mostraron desconexión con la realidad social y falta de representatividad.

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Una encuesta de Ipsos de julio mostraba que un 59% consideraba que la composición de la Constituyente no lo representaba. En la izquierda se sentían representados el 77%; pero en el centro, solo el 35%; en los que se autodefinían sin posición ideológica, apenas el 33%, y en la derecha, el 17%.

Pero los constituyentes bloquearon parte de la realidad y creyeron que sus ideas reflejaban el espíritu refundacional de las marchas que llevaron a plantear la necesidad de una nueva Constitución. ¿No se trataba de construir un nuevo pacto social?

Ahora bien, si en su momento la derecha chilena cuestionó la validez de los argumentos detrás de las movilizaciones que llevaron a la Constituyente, hoy el rechazo a la nueva Constitución ha creado en un sector de ella la sensación de que tal vez los cambios necesarios no sean significativos.

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Para Hirschman, “tanto la retórica reaccionaria como la progresista resultan en un ‘diálogo de sordos y artilugios’ para evitar la genuina deliberación y comunicación entre grupos contendientes, que se supone es característica de la democracia”.

Hoy, con las redes sociales alimentando la polarización y apelando a los fake news en las campañas de miedo, el reto es mayor: cómo no caer en la intransigencia, cómo construir propuestas de cambio para mayores derechos sociales, sin que terminen significando el riesgo al caos, a la incertidumbre, al retroceso y a no perder lo ya ganado.