Salvar vidas, autorizar el cuidado
“Los hombres sienten una fuerte –casi infantil- y sintomática aversión por las tareas de la casa y por la crianza; temen feminizarse y perder estatus”.

Por: María Emma Mannarelli
En el Perú pesa una pronunciada división sexual del trabajo doméstico en detrimento de las mujeres: más carga laboral para nosotras con efectos físicos y psíquicos. Las peruanas ocupamos más del doble de horas que los hombres que habitan este país en actividades de casa que no son remuneradas ni valoradas. Los hombres sienten una fuerte –casi infantil- y sintomática aversión por las tareas de la casa y por la crianza; temen feminizarse y perder estatus. Por otro lado, el 34.7% -un tercio- de los hogares están encabezados por mujeres (Censo 2017) y ganan siempre menos por serlo. A esto se suma una deserción paterna marcada en nuestro país, sinónimo de descuido por la prole y de la consiguiente mutilación emocional, de la torpeza afectiva. Estas tendencias afectan las posibilidades de superar la cuarentena, porque el cuidado aparece como la condición sine qua non para evitar el contagio del COVID-19 y para empezar con el delicado y complejo proceso de ir levantando algunas restricciones y descubrir e imaginar nuevas formas de relacionarnos, de humanizarnos y de alimentarnos.
Lamentablemente, como hilo que hilvana siglos de nuestra historia, el cuidado ha estado asociado con la servidumbre –mayormente indígena-, con la esclavitud y con las mujeres; y esto a su vez con lo inferior y lo maltratado: cuidan los inferiores. Las niñas indígenas –mucho menos los niños deben dejar la escuela si su madre da a luz, hay más trabajo en casa. Las tareas del orden doméstico van con ciertas “naturalezas”, lo que explica que no sean remuneradas. Cuando lo son, el pago suele ser muy bajo: amas de leche (durante los siglos que se requirieron, precisamente para no amamantar porque tal práctica rebajaba), técnicas de enfermería, trabajadoras del hogar -desde 1972 organizadas afortunadamente-. Actividades medulares para la reproducción de la vida social no han sido fuente de reconocimiento. Las tareas a esta asociadas no son particularmente pensadas ni percibida su sofisticación o sus exigencias y detalles. Los conocimientos que pueden desprenderse del velar por el otro y su entorno no tienen cómo compartirse, ni las interrogantes que produce esta clase de experiencias se materializan en ideas, ni se revisan en el tiempo. Se encargan en bloque a sujetos menos formalmente educados. Definitivamente no es este el cuidado que necesitamos para la brega del presente.
En estas circunstancias, cuando el cuidado –físico y emocional- es el modo más importante de salvar las vidas y las fuentes de riqueza que puedan mantenernos sanos, las tareas relacionadas a este deben ser las más apreciadas y protegidas, así como los conocimientos relativos a esas prácticas, los más reconocidos. Si se autoriza a las mujeres dedicadas al cuidado tendremos no solo transformaciones radicales, sino que los esfuerzos denodados por nuestra propia sobrevivencia tendrán algún resultado.



