
Estoy leyendo “Un tal González”, el último libro del escritor Sergio del Molino, quien se hizo famoso por acuñar el término “La España vacía” en un ensayo de 2016, donde describía el proceso de abandono que estaban sufriendo algunas zonas del interior rural del país por el proceso cada vez más acuciante de migración a las grandes ciudades.
Se trata de un libro vertiginoso, apasionante, muy bien escrito, donde Del Molino revisita, a poco de haber cumplido 80 años de vida, la figura de Felipe González. A diferencia de otros esfuerzos biográficos, Del Molino no oculta su simpatía por el personaje, y dice que prefiere reconocerse hijo de la transición antes que nieto de la guerra civil española.
El Felipe González que se traza en las más de 350 páginas del libro es un personaje fascinante. No solo por su extraordinario papel en la transformación de un país arrasado por la guerra, que salía de los casi 40 años de la dictadura franquista y fue insertado en Europa y en la modernidad. También por el camino que siguió para conseguir semejante proeza, desde la construcción de un Partido Socialista Obrero español moderno, que abandonó las catacumbas de la clandestinidad y del dogmatismo más estéril para conectar con las necesidades de su país, imponiendo las reformas que, lentamente, sentaron las bases de la España democrática.
¿Cómo consiguieron González, Alfonso Guerra y los demás actores de este esfuerzo político tomar esas decisiones que, con la perspectiva que dan los años, parecen lógicas, pero que sobre la marcha debieron ser caóticas, vertiginosas y cargadas de incertidumbre? Primero, gracias a una intuición y una actitud pragmática que encajan en aquello que Max Weber llamó “Ética de la responsabilidad”. En segundo lugar, aplicando las más recientes técnicas de demoscopía y comunicación política, aprovechándose de novedades como las encuestas y la televisión. Tercero, gracias a un talento precoz, una inteligencia y a un carisma inusuales; y, finalmente, a una idea precisa de aquello que era y que debía ser su país.
Este último aspecto es probablemente el que más envidia produce al lector extranjero de “Un tal González”, especialmente a un peruano como yo, que ve cómo se desangra su país sin que aparezca algo que, aunque sea remotamente, se le parezca a un liderazgo acorde con los tiempos que corren. En la España que salía del franquismo lo fue Felipe González por la izquierda, pero también Adolfo Suárez por la derecha, quien, como describe Javier Cercas en “Anatomía de un instante” (otro libro monumental, que se retroalimenta y complementa con “Un tal Gonzalez”), tuvo la osadía, la inteligencia y la muñeca suficientes para desmontar desde dentro un régimen lo que parecía invulnerable y omnipresente.





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